viernes, 8 de agosto de 2014

El amor y la Palabra: Un encuentro con la noche.


El amor y la Palabra: 
Un encuentro con la noche.



Por: Lady Yaneth Vásquez Ramírez.


Sencillez y profundidad son dos cualidades, no necesariamente contrapuestas, que me impactan al leer el más reciente poemario de Saúl Gómez Mantilla (1978). El cucuteño tiene conciencia de la corporalidad de la palabra, la reconoce como portadora de rostros que se van insinuando en una poesía de bordes donde cada una tiene un peso específico. En un libro que la celebra como otra forma del amor o como el amor mismo, no sobran las palabras -unidades de precisión- que logran herirnos con la contundencia de la imagen y el anuncio de algo que se parece a la verdad desde la más vieja tarea del olvido: la escritura como memoria del hombre. Creo que Saúl escribe para no olvidarse, intenta no olvidarnos.

Así pues, no es un gran descubrimiento atribuirle la brevedad a la estilística de Saúl; tampoco lo es vislumbrar en su poética una terrenalidad que roza la piel de las calles y las cotidianidades del escritor, el oficinista, el ser humano común y corriente que es habitado por el lenguaje, en tanto el poema se convierte en un “pequeño paracaídas para las tardes de oficina” (p. 43). Enriquecidos por los símbolos de tradiciones literarias y temáticas comunes, como en el caso de la noche, el recuerdo, la mujer y el amor, los libros, el vuelo, el tiempo, los poemas de Gómez Mantilla ratifican desde el inicio un profundo compromiso de la palabra con la vida. No es coincidencia que nos abra su libro un fragmento de la poeta rusa Anna Ajmátova, perseguida y silenciada por el régimen soviético, del cual fue crítica; sabemos, entonces, que Saúl no se apartará de esta tradición y elegirá un estilo de imágenes concretas para sintetizar la gravidez de su mundo convulso.

Con versos cortos, sencillos y un escaso uso de signos, casi limitados a esa larga pausa de los puntos finales, el ritmo es una danza en ascenso que busca la intensidad en el verso que insinúa sin decir demasiado, carente de aposiciones y excesos, como lo vemos en las siguientes líneas: “El poema se pierde en la noche/ un tejido de palabras/ entre la algarabía y el tedio/ para los libros que nunca llegan” (p. 22); unido a lo anterior, ya desde contenido, la voz poética celebra la limitación de las palabras, va de un encuentro a otro, donde el escenario, el más simple de todos, es la noche, el lugar donde se tropieza con el poema o donde se pierde, como diría Saúl.

Gómez Mantilla divide su poemario en cuatro partes que dan cuenta de las llagas en la piel, los niveles del dolor soportables; después, solo queda la escritura como testigo fiel de las cicatrices y de esa obstinación por perdurar en la elocuencia del silencio. La primera parte, De ciertas grietas, me recuerda la obra de la escritora iraní Doris Lessing; en la grieta de nuestro Saúl está anclado el lenguaje, pues al igual que para Lessing, éste es el origen de los demás sistemas simbólicos humanos y única manera posible de reconocernos en el Otro. Así pues, en los poemas de Saúl hay una ruptura, algo parecido a las heridas que nos ocasionan la palabra y el amor, en tanto ambos están hechos de la misma materia, provienen de la misma irremediable entrega, en ese ejercicio constante de abandonarse; de esta manera la voz poética dirá: “La esperanza cobija al nuevo libro/ una mujer surge a cada página/ en cada muerte de capítulo/ el cuerpo espera un estallido” (p. 15); es claro pues, que en las páginas de El amor y la palabra emerge una mujer que es todas y es el amor en tanto está instalada en la membrana de la palabra. A su vez, el libro también se transforma volviéndose cuerpo, carne real que desde esta condición nos mira como su Otro lector.

La palabra abre sus ojos, habita en el lector, respira por encima de su condición de objeto, es y existe. Umberto Eco sostiene que de la rosa nos queda el nombre; Mantilla, reconoce esta potencia del lenguaje y para él las palabras pesan más que los objetos nombrados, fundan la belleza y el dolor: “Ocultas las lágrimas/ queda en la palabra/ la carga del recuerdo” (p. 21).

Por su parte, en Ángeles del abandono, Gómez Mantilla se entrega a la renuncia, no añora el paraíso perdido, defiende su noción de mundo y pese a que nos recuerda a Rilke, para quien “todo ángel es terrible”, se aparta del misticismo romántico y desnuda entre líneas su propia genealogía de ángeles caídos. En el poema que inaugura esta segunda parte,interroga: “¿qué sino tendrán nuestros pasos?/ ¿a dónde el destino de quien comparte la lluvia y los recuerdos?”; preguntas tan humanas como las que se podría hacer el Ángel del abandono mientras cae cuando renuncia a la palabra, o el ángel converso, que la mide en el tiempo. Con una claridad asombrosa Saúl reivindica lo terrenal, para él no existe la escisión platónica y cuando nos habla del ángel, anuncia su corporalidad, su oficio de humanidad.

La cotidianidad aparece nuevamente en Desvelos y desencuentros, la tercera parte del poemario, en donde aborda los temas más universales de la poesía desde la novedad de la palabra en transformación. Así pues, me llaman particularmente la atención dos asuntos: esa ya consabida relación entre amor y recuerdo como posibilidad para negar el olvido, o más bien, para resistirse a éste; también, el tiempo y el destino como celebración de la noche: “aparece en el sueño/ un rostro para llenar los días” (p. 40). Si bien para Borges “el olvido es la única venganza y el único perdón”, para Mantilla el olvido deja de ser conceptual y se convierte en un objeto vivo, es “un hueco en los años/ al que se arrojan los recuerdos” (p. 41). Desde esta óptica, el mismo libro como materialidad corporal se vuelve una puerta que hace posible verlo “todo”, un hueco que se lo puede tragar todo.

Finalmente, Ofrendas y cicatrices que cierra el poemario con 14 textos, es el apartado más extenso. Es quizá el segmento más corporal, pues en él aparecen los rostros del poema desde una lamentación tan visceral como primitiva: “que fragilidad la del cuerpo” (p. 49); de esta manera, se funda la idea de un dolor de vida, esa agonía constante que es padecimiento: “La vida/ doloroso registro de pérdidas” (p. 53). El dolor se instala en el cuerpo, lo habita en su soledad, en el espacio del recuerdo donde la palabra arrinconada se acurruca alrededor de su propia pérdida…siempre hay una para el poeta.

Así las cosas, la única posibilidad para ese letargo del amor y para la insistencia en seguir viviendo en el recuerdo, es la palabra; y casi como un lamento bondadoso Saúl nos invita a ese juego, en el que irremediablemente la poesía se nos presenta como única salvación: “Permitir el juego de la poesía/ que surjan las palabras/ en un orden insólito/ único/ asombroso./ Que sean espejo/ urna/ recuerdo” (p. 58).

Para terminar, solo quiero agregar unas palabras de la filósofa española María Zambrano sobre el arduo trabajo de quien se dedica, como Saúl Gómez, al oficio de la poesía: “Todo poeta es mártir de la poesía; le entrega su vida, toda su vida, sin reservarse ningún ser para sí, y asiste cada vez con mayor lucidez a esta entrega”; es mi deseo que en El amor y la palabra, y los libros que están por llegar, la escritura sea para Saúl una posibilidad para la entrega; porque la poesía no es imagen, debe ser la vida misma.



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Leidy Yaneth Vásquez Ramírez. Licenciada Educación con énfasis en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad de Antioquia y magister en Educación de la Universidad Pontificia Bolivariana. Fue una de las fundadoras del Nodo Antioquia de REDNEL (Red Nacional de Estudiantes de Literatura y Afines). Gran Premio Ediciones Embalaje del Museo Rayo 2007, que incluyó la respectiva publicación de su primer libro de poesía Las horas de la espera (2008).