viernes, 8 de agosto de 2014

El amor y la Palabra: Un encuentro con la noche.


El amor y la Palabra: 
Un encuentro con la noche.



Por: Lady Yaneth Vásquez Ramírez.


Sencillez y profundidad son dos cualidades, no necesariamente contrapuestas, que me impactan al leer el más reciente poemario de Saúl Gómez Mantilla (1978). El cucuteño tiene conciencia de la corporalidad de la palabra, la reconoce como portadora de rostros que se van insinuando en una poesía de bordes donde cada una tiene un peso específico. En un libro que la celebra como otra forma del amor o como el amor mismo, no sobran las palabras -unidades de precisión- que logran herirnos con la contundencia de la imagen y el anuncio de algo que se parece a la verdad desde la más vieja tarea del olvido: la escritura como memoria del hombre. Creo que Saúl escribe para no olvidarse, intenta no olvidarnos.

Así pues, no es un gran descubrimiento atribuirle la brevedad a la estilística de Saúl; tampoco lo es vislumbrar en su poética una terrenalidad que roza la piel de las calles y las cotidianidades del escritor, el oficinista, el ser humano común y corriente que es habitado por el lenguaje, en tanto el poema se convierte en un “pequeño paracaídas para las tardes de oficina” (p. 43). Enriquecidos por los símbolos de tradiciones literarias y temáticas comunes, como en el caso de la noche, el recuerdo, la mujer y el amor, los libros, el vuelo, el tiempo, los poemas de Gómez Mantilla ratifican desde el inicio un profundo compromiso de la palabra con la vida. No es coincidencia que nos abra su libro un fragmento de la poeta rusa Anna Ajmátova, perseguida y silenciada por el régimen soviético, del cual fue crítica; sabemos, entonces, que Saúl no se apartará de esta tradición y elegirá un estilo de imágenes concretas para sintetizar la gravidez de su mundo convulso.

Con versos cortos, sencillos y un escaso uso de signos, casi limitados a esa larga pausa de los puntos finales, el ritmo es una danza en ascenso que busca la intensidad en el verso que insinúa sin decir demasiado, carente de aposiciones y excesos, como lo vemos en las siguientes líneas: “El poema se pierde en la noche/ un tejido de palabras/ entre la algarabía y el tedio/ para los libros que nunca llegan” (p. 22); unido a lo anterior, ya desde contenido, la voz poética celebra la limitación de las palabras, va de un encuentro a otro, donde el escenario, el más simple de todos, es la noche, el lugar donde se tropieza con el poema o donde se pierde, como diría Saúl.

Gómez Mantilla divide su poemario en cuatro partes que dan cuenta de las llagas en la piel, los niveles del dolor soportables; después, solo queda la escritura como testigo fiel de las cicatrices y de esa obstinación por perdurar en la elocuencia del silencio. La primera parte, De ciertas grietas, me recuerda la obra de la escritora iraní Doris Lessing; en la grieta de nuestro Saúl está anclado el lenguaje, pues al igual que para Lessing, éste es el origen de los demás sistemas simbólicos humanos y única manera posible de reconocernos en el Otro. Así pues, en los poemas de Saúl hay una ruptura, algo parecido a las heridas que nos ocasionan la palabra y el amor, en tanto ambos están hechos de la misma materia, provienen de la misma irremediable entrega, en ese ejercicio constante de abandonarse; de esta manera la voz poética dirá: “La esperanza cobija al nuevo libro/ una mujer surge a cada página/ en cada muerte de capítulo/ el cuerpo espera un estallido” (p. 15); es claro pues, que en las páginas de El amor y la palabra emerge una mujer que es todas y es el amor en tanto está instalada en la membrana de la palabra. A su vez, el libro también se transforma volviéndose cuerpo, carne real que desde esta condición nos mira como su Otro lector.

La palabra abre sus ojos, habita en el lector, respira por encima de su condición de objeto, es y existe. Umberto Eco sostiene que de la rosa nos queda el nombre; Mantilla, reconoce esta potencia del lenguaje y para él las palabras pesan más que los objetos nombrados, fundan la belleza y el dolor: “Ocultas las lágrimas/ queda en la palabra/ la carga del recuerdo” (p. 21).

Por su parte, en Ángeles del abandono, Gómez Mantilla se entrega a la renuncia, no añora el paraíso perdido, defiende su noción de mundo y pese a que nos recuerda a Rilke, para quien “todo ángel es terrible”, se aparta del misticismo romántico y desnuda entre líneas su propia genealogía de ángeles caídos. En el poema que inaugura esta segunda parte,interroga: “¿qué sino tendrán nuestros pasos?/ ¿a dónde el destino de quien comparte la lluvia y los recuerdos?”; preguntas tan humanas como las que se podría hacer el Ángel del abandono mientras cae cuando renuncia a la palabra, o el ángel converso, que la mide en el tiempo. Con una claridad asombrosa Saúl reivindica lo terrenal, para él no existe la escisión platónica y cuando nos habla del ángel, anuncia su corporalidad, su oficio de humanidad.

La cotidianidad aparece nuevamente en Desvelos y desencuentros, la tercera parte del poemario, en donde aborda los temas más universales de la poesía desde la novedad de la palabra en transformación. Así pues, me llaman particularmente la atención dos asuntos: esa ya consabida relación entre amor y recuerdo como posibilidad para negar el olvido, o más bien, para resistirse a éste; también, el tiempo y el destino como celebración de la noche: “aparece en el sueño/ un rostro para llenar los días” (p. 40). Si bien para Borges “el olvido es la única venganza y el único perdón”, para Mantilla el olvido deja de ser conceptual y se convierte en un objeto vivo, es “un hueco en los años/ al que se arrojan los recuerdos” (p. 41). Desde esta óptica, el mismo libro como materialidad corporal se vuelve una puerta que hace posible verlo “todo”, un hueco que se lo puede tragar todo.

Finalmente, Ofrendas y cicatrices que cierra el poemario con 14 textos, es el apartado más extenso. Es quizá el segmento más corporal, pues en él aparecen los rostros del poema desde una lamentación tan visceral como primitiva: “que fragilidad la del cuerpo” (p. 49); de esta manera, se funda la idea de un dolor de vida, esa agonía constante que es padecimiento: “La vida/ doloroso registro de pérdidas” (p. 53). El dolor se instala en el cuerpo, lo habita en su soledad, en el espacio del recuerdo donde la palabra arrinconada se acurruca alrededor de su propia pérdida…siempre hay una para el poeta.

Así las cosas, la única posibilidad para ese letargo del amor y para la insistencia en seguir viviendo en el recuerdo, es la palabra; y casi como un lamento bondadoso Saúl nos invita a ese juego, en el que irremediablemente la poesía se nos presenta como única salvación: “Permitir el juego de la poesía/ que surjan las palabras/ en un orden insólito/ único/ asombroso./ Que sean espejo/ urna/ recuerdo” (p. 58).

Para terminar, solo quiero agregar unas palabras de la filósofa española María Zambrano sobre el arduo trabajo de quien se dedica, como Saúl Gómez, al oficio de la poesía: “Todo poeta es mártir de la poesía; le entrega su vida, toda su vida, sin reservarse ningún ser para sí, y asiste cada vez con mayor lucidez a esta entrega”; es mi deseo que en El amor y la palabra, y los libros que están por llegar, la escritura sea para Saúl una posibilidad para la entrega; porque la poesía no es imagen, debe ser la vida misma.



***
Leidy Yaneth Vásquez Ramírez. Licenciada Educación con énfasis en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad de Antioquia y magister en Educación de la Universidad Pontificia Bolivariana. Fue una de las fundadoras del Nodo Antioquia de REDNEL (Red Nacional de Estudiantes de Literatura y Afines). Gran Premio Ediciones Embalaje del Museo Rayo 2007, que incluyó la respectiva publicación de su primer libro de poesía Las horas de la espera (2008).


viernes, 16 de mayo de 2014

DIÁLOGO DE QUIENES VEN MORIR EL AMOR

DIÁLOGO DE QUIENES VEN MORIR EL AMOR

Hablan Frida Kahlo y Diego Rivera.


                                                                                              Por: Saúl Gómez Mantilla

FRIDA: Oh, mi Diego, la noche se cierne entre nosotros. Veo morir nuestros sueños y más que ellos, veo que nos alejamos no por amar al otro, sino por amarnos demasiado a nosotros mismos. Tú, a tu imponente anatomía y yo, a mi amputado cuerpo.

DIEGO: La libertad es tan cruel, que nos llena de temor, incluso para saber quiénes somos, qué escondemos tras nuestros huesos.

FRIDA: Creía que el amor se centraba en el deseo, en tu enorme cuerpo y mi frágil condición. Luego, pensé que se amaban las ideas, que no importaba la edad mientras la mente estuviese aleteando, que el amor eran las palabras que nos movían a la acción.

DIEGO: Entonces, ¿amaste a Trosky? Al hombre que encarnaba nuestro ideal de la revolución…

FRIDA: Hoy no sé qué creer. Cuando me enteré de su muerte se me desgarró el alma. Yo, que he vivido entre el dolor físico por mi quebradizo cuerpo y el dolor del espíritu por cada una de tus amantes; pensé que este sufrimiento iba a arrasar conmigo.

DIEGO: Aquel día pintaba un nuevo mural, y de repente una terrible angustia se apoderó de mí. Pensé en ti, Frida, y no imagine mayor desconsuelo que el no tenerte cerca, como si un desvanecimiento de colores tomará mi obra y no tuviese sentido lo que soy. Pero luego, al enterarme de los detalles, de este maldito traidor y la forma tan cobarde como atacó a nuestro maestro, vino a mí la imagen de Siqueiros, por lo menos él tuvo el valor de disparar de frente a su casa, de ingresar sin engaños y agotar sus balas.

FRIDA. No me recuerdes aquel incidente, tantas señales, tantas advertencias. Tal vez, si hubiese resistido mi pasión, si no me hubiese dejado llevar por el ideal de hombre que veía en él, hubiese seguido en nuestra casa, la casa Azul; allí no lo tocarían, porque antes de tocar su cuerpo habrían atravesado el nuestro.

DIEGO: Al día siguiente, en la enfermería de la Cruz Verde, al verlo en cama, hablando del futuro, creí que se salvaría, que él era la revolución misma, que nunca cedería, que se levantaría con más fuerza para tomar el mundo en sus manos. En otra habitación, ese perro sin alma, ese maldito esbirro de Stalin, esperaba cumplir su orden. Maldito este país y sus miserias, lo hubiese estrangulado con mis propias manos, hubiese expiado mi culpa con su sangre.

FRIDA: No podría soportar el haberlos perdido a ambos, sabes que te necesito, así sea para que me hagas daño, para que este aquí, conmigo, así no hables y seas solo silencio, solo crueldad; tu cuerpo sigue siendo mi vida, Diego.

DIEGO: Frida, te lo he dicho muchas veces, eres igual a lo que pintas, tú eres el color, el aleteo de la mariposa, la realidad, la crueldad y el sufrimiento.

FRIDA: Ahora me doy cuenta de que él no era muy diferente de ti, al igual tú, mi Diego, Lev traicionaba a su esposa y yo le hacía daño a Natalia, me convertí en las mujeres que odiaba; ya que pensaba que eran ellas las culpables, que ellas rebelaban tu naturaleza, al animal que llevas dentro, ya que siempre pedias perdón y tu llanto era para mí un consuelo. Sabía que no solo yo sufría, que tú también te hacías daño con cada nueva mujer; descubrí que el sufrimiento, más que el amor, es lo que realmente nos une.


domingo, 16 de marzo de 2014

LA COTIDIANA OSCURIDAD EN “TRILCE” DE CESAR VALLEJO Y “RESIDENCIA EN LA TIERRA” DE PABLO NERUDA.

LA COTIDIANA OSCURIDAD EN “TRILCE” DE CESAR VALLEJO
Y “RESIDENCIA EN LA TIERRA” DE PABLO NERUDA.

Por.  Saúl Gómez Mantilla


La primera impresión que produce a un lector los libros Trilce de Cesar Vallejo y Residencia en la Tierra de Pablo Neruda es de desconcierto, de quedarse con el libro en las manos cavilando, tratando de asimilar, de aprehender lo que el poeta ha querido decir.  La lectura de estos dos libros es un proceso lento, que requiere entrega, un desdoblarse para apropiarse de los poemas que aparecen oscuros, cubiertos por un manto que apenas deja entrever algunas sombras, movimientos bruscos, aleteos y gemidos. 

En el año de 1922 Cesar Vallejo publica Trilce, libro que produce el silencio de la crítica, ya que ésta no tenía elementos para abordarlo; ante este silencio afirma Vallejo: “El libro ha caído en el mayor vacío. Soy responsable de él.  Asumo toda la responsabilidad de su estética”[1].  Ahora, cómo quedarían parados los lectores con semejante libro, recibiendo golpes a cada poema, hundiéndose en la tierra,  terminando con el cuerpo adolorido y los ojos quemados, ya que con Vallejo, “Se trata, eso si, de palparle las vísceras a una soledad, de padecer un padecimiento, de llegar al centro de un idioma concebido y realizado como testimonio de un castigo”[2]

Once años después Pablo Neruda inundaría Latinoamérica con Residencia en la Tierra, libro que difícilmente consiguió quien lo editara, ya que fue considerado “oscuro” para la época, puesto que: “tiene que hablar del río que durando se destruye, de lo perdido, de lo abandonado, del llanto, de cosas rotas, de bestias podridas, de lo que se desploma de las hojas; tiene que hablar de todas esas muertes”[3].

Adentrémonos sin el paracaídas de Vicente Huidobro a estas dos poéticas, a estas soledades que juntas se sientan a gemir, que se lamen las heridas y contemplan con compasión a sus inocentes y desdichados lectores.



LA COTIDIANA OSCURIDAD DE TRILCE.

Lo cotidiano se muestra como un caminar, un viaje doloroso entre pétalos cenicientos, una angustia por las cosas que mueren alrededor, por el vapor de la lluvia al volver a las nubes, por el monótono malestar de las cerraduras.  En Trilce lo cotidiano se expresa con los recuerdos de Vallejo de su pueblo natal, evocando a sus hermanos, a su vida en el campo.  La provincia no abandona a Vallejo, pero no la provincia enmohecida cultural y socialmente de Lima, sino lo autóctono, su origen, su esencia, “En este segundo sentido, nunca en su vida Vallejo ha dejado de ser un provinciano.  No era un cosmopolita; se llevo su Perú a cualquier exilio[4].
III

(...)
    Aguedita, Nativa, Miguel,
cuidado con ir por ahí,
(...)
hacia el silencioso corral, y por donde
las gallinas que se están acostando todavía,
se han espantado tanto[5].

Pero esta cotidianidad se va trasformando en un doloroso pasar del tiempo, y este se ve subvertido, se ve traspasado por las palabras, por un nuevo orden gramatical y sintáctico, “los poemas ponen en evidencia la crisis del sujeto y el intento de encontrar una sintaxis adecuada y un lenguaje poético que corresponda a esta crisis[6];  las acciones de hoy suman ausencia para mañana, ya en el futuro nos duele el hoy, sin éste haber llegado; la mujer que limpiará el padecimiento no lo ha lavado, pero se espera que ella llegue a limpiar, a lavar las ropas, para lucir limpio, renovado al nuevo día.

VI

    El traje que vestí mañana
no lo ha lavado mi lavandera:
lo lavaba en sus venas otilinas,
(...)
y si supiera que mañana entrará
a entregarme las ropas lavadas, mi aquella
lavandera del alma[7].

El poeta hace de sus encuentros diarios, de su lento mirar, del recoger sus despojos materia de su poesía, “en vez de conceptuar tiende a conmover.  El libre fluir de las emociones corre turbador entre saltos, en dinamismo vertiginoso, sin someterse a relaciones objetivas”[8]Los once meses que duro Vallejo en la cárcel no podían pasar inéditos, ese padecimiento se va acumulando y se va manifestando poéticamente, el encierro y la soledad incrementa su dolor y hace que los recuerdos vayan llegando, golpeando con rostro de madre, hiriendo con amor de madre.

XVIII

     Oh las cuatro paredes de la celda.
Ah las cuatro paredes albicantes
que sin remedio dan al mismo número

Criadero de nervios, mala brecha,
por sus cuatro rincones cómo arranca
las diarias aherrojadas extremidades.[9]


Al ir avanzando en el libro, el sufrimiento se incrementa y Vallejo se va calando en los actos diarios, aquellos que se realizan por costumbre; estos actos se transforman en un único acto, fundamental y cotidiano, doloroso y necesario, que parte el día y los recuerdos.  Vallejo en su búsqueda con el lenguaje, se adentra en sí mismo, se torna hermético y difuso con sus nostalgias, el lenguaje se confunde con la tristeza por lo perdido, como él mismo afirma en una entrevista que le hizo Cesar González Ruano, “Pero, creo, honradamente, que el poeta tiene un sentido histórico del idioma, que a tientas busca con justeza su expresión”[10].

XXVIII

     He almorzado solo ahora, y no he tenido
madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,
ni padre que, en el facundo ofertorio
de los choclos, pregunte para su tardanza
de imagen, por los broches mayores del sonido[11].


A la pérdida se le suma el sentirse excluido, el no hallarse, el sentirse extraño, ajeno a su trabajo, a la gente que lo rodea, a sus acciones diarias; se ha llegado al punto de hacerlas sin que signifiquen algo, estas anécdotas profundizan por su diario acontecer, porque tocan a todas las personas, no pertenecen sólo al poeta, puesto que “la universalización de lo anecdótico personal da a esta esfera un carácter existencialmente concreto”[12].

LVI
        
    Todos los días amanezco a ciegas
a trabajar para vivir; y tomo el desayuno,
sin probar ni gota de él, todas las mañanas[13].


Esta angustia se presenta también al escribir, Vallejo al tratar de narrar se ve afectado por su lucha con el lenguaje, por buscar una forma propia de expresión, que sea acorde con sus angustias,  “fue a buscarse en una poesía que estaba al borde del abismo y que lo convertía en un réprobo”[14], así, la poesía de Vallejo echa raíces en la tierra como una forma de comunión con los demás hombres.

XLII
        
    Esperaos.  Ya os voy a narrar
todo.  Esperaos sossiegue
este dolor de cabeza.  Esperaos.

¿Dónde os habéis dejado vosotros
que no hacéis falta jamás?”


La familia y los recuerdos de infancia atraviesan el libro, Vallejo constantemente hace referencia a su infancia, como una edad de oro, pues es desgarrador cada recuerdo del poeta, cada palabra que rememora y abre zanjas en el pecho, enormes grietas por donde fluye todo el dolor por lo que se ha perdido, por lo que se ha dejado abandonado y no hay posibilidad de recobrarlo.  “Lo que nos suscita Vallejo, el tema Vallejo, es hasta qué punto la historia estrictamente individual y anodina de un hombre (...) está en capacidad de servir, nutriéndolo desde adentro, desde sus puros tuétanos, al padecimiento poético”[15].

LII

     Y nos levantaremos cuando se nos dé
la gana, aunque mamá toda claror
nos despierte con cantora
y linda cólera materna[16].


Vallejo toma la vocería para hablarle a los hombres, desde su intimidad, desde su mundo cotidiano y doloroso, trata de a darle a la poesía su propia valía, de que sus actividades cotidianas lo hermanan con los hombres, pues en su diario singular se encuentra con las acciones universales, con los sentimientos, pensamientos y emociones de los demás.  Cuando llueve en Vallejo, sus lectores se empapan; cuando anochece y su amada no está para consolarlo, para acompañarlo, toda la humanidad se encuentra sola y abandonada.

LXVIII

     Estamos a catorce de julio.
Son las cinco de la tarde.  Llueve en toda
una tercera esquina de papel secante.
Y llueve más abajo ay para arriba[17].



LA COTIDIANA OSCURIDAD DE RESIDENCIA EN LA TIERRA

En pablo Neruda lo cotidiano es palpable, cada día aparece con la lenta procesión de las cosas que van muriendo, con la angustia de estar en medio de la desolación, al despojarse de las cosas y los oficios, al alejarse de todo lo que rodea al hombre, “La angustia de ver a lo vivo muriéndose incesantemente: los hombres y sus afanes, las estrellas, las olas, las plantas en su movimiento orgánico, las nubes en su volteo, el amor, las máquinas, (...), todo lo que se mueve como expresión de vida, es ya un estar muriendo”[18].  Se presenta en Neruda el conflicto del hombre con la industria, con los avances tecnológicos, con lo moderno, con lo nuevo, que va incrementando la soledad, que va alejando al hombre de sus orígenes, de su pasado.

SISTEMA SOMBRÍO

De cada uno de estos días negros como viejos hierros,
y abiertos por el sol como grandes bueyes rojos,
y apenas sostenidos por el aire y por los sueños,
y desaparecidos irremediablemente y de pronto,
nada ha subsistido mis perturbados orígenes,
y las desiguales medidas que circulan en mi corazón
allí se fraguan de día y de noche, solitariamente,
y abarcan desordenadas y tristes cantidades[19].


En Neruda no hay una conflicto con el idioma, “sino intensificación de sus visiones y un reajuste técnico que le permite transferirlas con mayor fidelidad”[20], Neruda trasiega con el lenguaje, se aísla y lo domina, así, los días se suceden en un monótono malestar, caen como un balón escaleras abajo, en gradas que no terminan, que se suceden en la negación, desgarrando al hombre en cada amanecer; está presente el vacío, el llanto, la pérdida diaria del hombre en si mismo, en su acontecer que lo desgasta y lo desnaturaliza. 

DÉBIL DEL ALBA

El día de los desventurados, el día pálido se asoma
con un desgarrador olor frío, con sus fuerzas en gris,
sin cascabeles, goteando el alba por todas partes:
es un naufragio en el vacío, con un alrededor de llanto[21].


Lo cotidiano es un padecer, un dolor que no se intensifica, que está presente y hace parte ya del hombre, de sus pequeñas miserias, la negación hace parte de la crisis, de la desolación de lo urbano, “su modernidad se detecta en las relaciones dislocadas por una angustiosa inadaptación a la precariedad, a la insignificancia, a la intrascendencia de una vida alineada, acechada por las incertidumbres fundamentales”[22], el hombre se encuentra con su desencanto por la vida, por sus conquistas cotidianas, en la anulación de sus sueños, en la gloria de lo pequeño.

CABALLERO SOLO

El pequeño empleado, después de mucho,
después del tedio semanal, y las novelas leídas de noche en cama,
ha definitivamente seducido a su vecina,
y la lleva a los miserables cinematógrafos
donde los héroes son potros o príncipes apasionados,
y acaricia sus piernas llenas de dulce vello
con sus ardientes y húmedas manos que huelen a cigarrillo[23].


Neruda le canta a la época que le toco vivir, a su desengaño, a la tristeza que ve en sus semejantes, a todas las falencias que encuentra en si mismo; la muerte se presenta como una cotidiana dolencia, como una enfermedad a la que se sobrevive, como un estado que está presente en la vida, así, “la vida de todo lo vivo es un estarse muriendo, la existencia de lo consistente es un estarse deshaciendo”[24].

SOLO LA MUERTE

                       Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonidos,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacía adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel al alma[25].


El hombre de Residencia en la Tierra, es un hombre desarraigado, separado del mundo que habita, “tiendas inhóspitas, oficinas tumbales, peluquerías malolientes, (...), lugares envilecidos, son todos paradigmas del desamparo, infunden un frío de muerte”[26], quiere aislarse de su entorno, abandonar sus costumbres diarias, dejar las exigencias que la sociedad le impone y dejarse caer en su vacío, en la nada que lo habita.

WALKING ARAUND

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba.
De subterráneo solo, de bodega con muertos,
aterido, muriéndome de pena[27].


Lo oscuro va siendo llevado en el tiempo,  el reloj caído en la eternidad, los días, los meses, los años, se van acumulando y acrecentando el dolor, la desazón y la angustia por la existencia, “la ausencia de fe sale al primer plano de la conciencia, y la visión de naufragio universal, de la muerte de todo movimiento, de la desintegración de todo ser, ya no es tan sólo la atmósfera venenosa en donde suceden los sueños poéticos de Neruda, sino que forma parte de lo que ocurre”[28],  el poeta se encuentra desterrado en su propia casa, en la ciudad que conoce; se siente extraño con su familia, con las cosas que lo acompañan y se van desgastando junto a él, en la silenciosa y agónica muerte de los relojes.

EL RELOJ CAÍDO EN EL MAR
        
Hay meses seriamente acumulados en una vestidura
que queremos oler llorando con los ojos cerrados,
y hay años en un solo ciego signo del agua
depositada y verde,
hay la edad que los dedos ni la luz apresaron,
mucho más estimable que un abanico roto,
mucho más silenciosa que un pie desenterrado,
hay la nupcial edad de los días disueltos
en una triste tumba que los peces recorren[29].


Aún hoy día, enfrentarse a esos dos libros es un proceso doloroso, que requiere por parte del lector toda entrega, una total sumisión y un dejarse llevar por palabras que hieren e imágenes que apuñalan en cada verso; son, sin duda alguna, dos libros capitales para la poesía hispanoamericana.


BIBLIOGRAFÍA

Amado Alonso.  Poesía y Estilo de Pablo Neruda.  Editorial Gredos.  Madrid.  1997.

El Espectador. Magazín Dominical. La Palabra de Vallejo. Héctor Rojas Herazo. Marzo 15 de 1992. 

El Espectador. Magazín Dominical.  Vallejo: Victima de sus presentimientos. Hans Magnus Enzensberger. Marzo 15 de 1992. 

El Espectador.  Magazín Dominical. Sobre César Vallejo. Fernando Charry Lara.  Marzo 15 de 1992. 

El Espectador.  Magazín Dominical. El poeta César Vallejo, en Madrid. César González Ruano.  Marzo 15 de 1992. 

Gutiérrez Girardot Rafael. César Vallejo y la Muerte de Dios. Editorial Panamericana.  Bogotá.  2000. 

Neruda  Pablo. Residencia en la Tierra. Editorial Oveja Negra.  Colombia.  1983.

Vallejo César. Obra Poética. Colección Archivos. Unesco. Colombia.  1988.

Yurkievich  Saúl. Suma Crítica. Fondo de Cultura Económica. México. 1997.



[1] Vallejo César.  Obra Poética.  Colección Archivos.  Unesco.  Colombia.  1988.  Pg.  163.
[2] El Espectador.  Magazín Dominical.  La Palabra de Vallejo.  Hector Rojas Herazo. Marzo 15 de 1992.  Pg  6.
[3] Amado Alonso.  Poesía y Estilo de Pablo Neruda.  Editorial Gredos.  Madrid.  1997.  Pg.  73. 
[4] Op.  Cit. Magazín Dominical.  Vallejo: Victima de sus presentimientos. Hans Magnus Enzensberger. Pg. 11.
[5] Op.  Cit.  Vallejo  César. Pg.  172.
[6]  Op.  Cit.  Vallejo Cesar.  La Temática: de Los Heraldos Negros a los Poemas Póstumos.  Pg.  583.
[7]  Op.  Cit.  Vallejo  César.   Pg.  175.
[8]  Op.  Cit.  Magazín Dominical.  Sobre César Vallejo.  Fernando Charry Lara.  Pg.  7.
[9]  Op.  Cit.  Vallejo  César.  Pg.  190.
[10] Op.  Cit.  Magazín Dominical.  César González Ruano.  El poeta César Vallejo, en Madrid.  Pg.  15.
[11] Op.  Cit.  Vallejo  César.  Pg.  201.
[12] Gutiérrez  Girardot  Rafael.  César Vallejo y la Muerte de Dios.  Editorial Panamericana.  Bogotá.  2000.  Pg.  61.
[13] Op.  Cit.  Vallejo César.  Pg.  238.
[14] Op. Cit.  Magazin Dominical.  José Miguel Oviedo.  A modo de mensaje.  Pg.  16.
[15] Op. Cit.  Magazin Dominical.  Héctor Rojas Herazo.  La Palabra de Vallejo.  Pg.  6.
[16] Vallejo  César.  Pg.  234.
[17] Vallejo  César.  Pg.  254.
[18] Op.  Cit.  Damaso Alonso.  Pg.  61.
[19] Neruda  Pablo.  Residencia en la Tierra.  Editorial Oveja Negra.  Colombia.  1983.  Pg.  40.
[20] Yurkievich  Saúl.  Suma Critica.  Fondo de Cultura Económica.  México.  Pg.  205.
[21] Op.  Cit.  Neruda  Pablo.  Pg.  15
[22] Op.  Cit.  Yurkievich Saúl.  Pg.  221.
[23] Op.  Cit.  Neruda  Pablo.  Pg.  60.
[24] Op.  Cit.  Amado Alonso.  Pg.  67.
[25] Op.  Cit.  Neruda  Pablo.  Pg.  86.
[26] Op.  Cit.  Amado Alonso.  Pg.  223.
[27] Op.  Cit.  Neruda  Pablo.  Pg.  98.
[28] Op.  Cit.  Amado Alonso.  Pg.  71
[29] Op.  Cit.  Neruda  Pablo.  Pg.  147