lunes, 11 de mayo de 2015

LECCIONES MATERNALES

LECCIONES MATERNALES

Por: Saúl Gómez Mantilla


Con el cuidado que el trabajo requiere, tomó la alcancía y armado de un cuchillo fue sacando uno a uno los billetes, cuidando de no romperlos al salir por la estrecha ranura. Sabía que a eso de las 3 de la tarde no había nadie cerca, su familia estaba ocupada en sus asuntos y sus primos estaban haciendo las tareas escolares. Con algunos billetes en la mano salió de su casa y fue directamente a la tienda que tenía maquinitas, compró unas fichas y pasó la tarde jugando con sus amigos. Cada uno compraba sus fichas para competir con autos, luchadores, naves espaciales y monstruos. Sabía que nunca le darían dinero para gastar de esa manera, pensaba reponerlo de algún modo, y que su madre nunca se diera cuenta de aquel robo. Cada semana su madre echaba billetes de cincuenta pesos en aquel cerdito rosado, para inculcarles a sus hijos el hábito del ahorro. Pensaba ella que un día especial podía destapar la alcancía y disfrutar de ese dinero, darse un gustico, ir a un parque de diversiones o comprar los juguetes que sus hijos deseaban. Ellos verían que ese esfuerzo tenía su recompensa y que poco a poco se llega a Roma, como les decía cuando les contaba sus sueños y proyectos.

La madre era una mujer delgada y fuerte, que había abandonado a su esposo por el maltrato y el alcoholismo de quien había sido su amado. Cada mañana ella se levantaba muy temprano y alistaba a su par de hijos para que fuesen a la escuela. Vestían sus uniformes, limpios y planchados, sin remiendos ni machas; tomaban su desayuno y caminaban entre juegos a la escuela.  Luego ella se alistaba para ir a su trabajo como modista de una prestigiosa tienda de ropa. Allí se sentaba a pedalear durante ocho horas en una máquina de coser Singer, llegando como diría el poeta hasta Java, Burdeos, e incluso el pueblo de Gales. Ya de noche llegaba a casa y preparaba la cena, revisaba las tareas de sus hijos, lavaba la ropa y se preparaba para descansar. Dormían todos en un solo cuarto en la casa de la abuela.

Los fines de semana eran también para trabajar, como madre soltera que no quería depender sus hermanos, ni deberle favores a nadie, incluso a su propia madre. Ella atendía a sus clientas, señoras que llegaban a hacer sus vestidos, idénticos a los de la tienda de ropa donde trabajaba la madre, pues ellas sabían quién los cosía y que hechos en casa eran más baratos que en el almacén. La madre pedía las telas y periódicos para hacer los moldes, tomaba las medidas y empezaba su labor. Primero leía los periódicos y revistas, recortaba alguna noticia de interés y le pedía a sus hijos que las guardaran junto a otras noticias pasadas, les pedía que le leyeran en voz alta, mientras sintonizaba la emisora radio reloj, que le traía su música de juventud: Sandro de América, Nicola di Barí y todas las canciones del festival de San Remo en español. Extendía el papel en la mesa del comedor y con sus reglas empezaba a medir y hacer trazados con tiza. Luego cortaba con delicadeza y se sentaba en la máquina, a seguir en su loco pedaleo, hasta Nepal y el pueblo de Gales.  

Mientras ella seguía encorvada al pedal de la Singer, sus hijos jugaban con las tijeras, las convertían en motocicletas y recorrían la mesa; las agujas eran fechas de tribus indígenas que se enfrentaban a los invasores de la conquista; los rulos se transformaban en legos y de ellos salían robots, aviones, carros y muñecas; de los conos de hilos se armaban edificios, pequeños rascacielos para una ciudad amurallada por la pobreza. Sus hijos también le leían su pequeña biblioteca, conformada por pequeños cuentos, historias mínimas o resúmenes de historias de caperucitas, lobos, príncipes, dragones, duendes y bailarinas que eran leídas de una sentada. A veces tomaban un libro de español y literatura de quinto grado de educación básica primaria, que contenía otras historias, como la de Los cinco hermanos Liu, El sueño de Ícaro, Los motivos del lobo, que venían acompañadas de dibujos en tinta china y bombardeaban a la madre con preguntas sobre otros países, sobre la comida y las costumbres que mostraban esos dibujos. La madre buscaba en sus recortes de periódicos y revistas, alguno que pudiera responder a los interrogantes de los hijos y les leía noticias sobre aquellos extraños países.

Al finalizar el año escolar, luego de asistir a la reunión de padres y recibir con agrado las menciones y reconocimientos académicos de sus hijos, ella, llena de orgullo decidió que el día había llegado. La madre reunió a sus hijos y sacó del escaparate la alcancía, tomó el cerdito rosado entre sus manos y les dijo que esa tarde saldrían a divertirse, que ellos se lo habían ganado por su esfuerzo y como recompensa, los ahorros de ese año los gastarían en diversiones y juguetes. Cuando rompió el cofre vio que en su interior solo había un par de billetes, indignada y sorprendida preguntó qué pudo haber ocurrido hasta que el hijo mayor, el niño, confesó su falta y esperó su castigo, pero lo que vio fue el llanto en los ojos de la madre. La decepción y la impotencia ante el hecho la trastornaron y pareciera que ella se fue apagando lentamente, hasta quedar dormida en la cama, esperando que ese mal sueño pasara y fuera solo un recuerdo lejano.




lunes, 23 de marzo de 2015

DEMOLICIÓN

DEMOLICIÓN


A Lucho Brahim

Demolerlo todo para construir un paraíso que caerá en llamas,
no sin antes haber dejado en él
la piel impregnada en cada pared;  
para retornar a la infancia y aferrare a la joven idea
de un mundo que estalla en colores.

Demoler la vida y arrojar los recuerdos a la basura
Ir abandonando cabello y uñas.
Despojando al cuerpo de dientes y cenizas
para que solo perviva la sonrisa y las calles
que el mundo puso a tus pies.

Demoler la casa
ladrillo a ladrillo arrojarla por la alberca
clausurando habitaciones y estudios.
Para que ninguna pintura estropee las blancas paredes
los bellos cuerpos que danzaban bajo la luna
en el cielo de la frontera.

Demoler el humo, la bebida y el placer
rehacer la vida, y darle forma a un nuevo autorretrato
aferrado al amor y los amigos,
para contemplar con ojos azules y sinceros,
puros como el cielo de Cúcuta al caer la tarde,
las manos que han forjado entre lienzos y palabras
la admiración y el respeto
negándose a caer en la adoración de la nada.

Saúl Gómez Mantilla


lunes, 9 de marzo de 2015

LECTOR DE EVANGELIOS

LECTOR DE EVANGELIOS
 Por: Saúl Gómez Mantilla 

El domingo después de la misa de las nueve de la mañana, se acercó al atrio de la iglesia, fue a la sacristía para decirle al sacerdote que deseaba ser un monaguillo, que asistía regularmente a la iglesia y estudiaba en un colegio católico de monjas franciscanas. Luego de responder a las preguntas sobre su familia, el lugar donde vivía y las razones por las cuales quería servir en la iglesia, recibió su hábito, un traje blanco, sucio, manchado, con el dobladillo suelto y de una talla mayor que lo hacía ver ridículo. Lo tomó como si fuese una prueba, un obstáculo que sobrepasar para ingresar a aquel grupo de niños y jóvenes que día a día en la misa de la noche y los domingos, eran admirados por su entrega y su disposición a la parroquia y a los feligreses. Con el hábito bajo el brazo corrió hasta su casa repitiendo para sí: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor. Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es el Cordero de Dios…
Al llegar a casa, la madre se sorprendió nuevamente con esta otra locura, los scout o el deporte eran pasables, pero, ―monaguillo, con lo que se comenta de los sacerdotes―, pensaba ella. Aunque la familia se consideraba muy fiel y católica, muy cumplida en las misas y los eventos religiosos, no habían pensado en un hijo con esas inclinaciones, ―¿y si resultase cura? ―se decían unos a otros― ¿Habrá que ir a misa todos los domingos? ¿La limosna será una obligación? ¿Tendremos al cura y a las monjas metidos en la casa?― Eran las preguntas que se hacían ante la sorpresa del suceso, ―Aunque algo de cielo habrá en esa entrega, una buena parcela para toda la familia, con ese sacrificio, con esa rezadera todos los días.
El cuerpo de Cristo era una insípida galleta que se deshacía en la boca. Muchas personas lo recibían y paladeaban mientras sus mentes estaban en la tierra, recordando los avatares de la semana y los problemas domésticos. Caminaban hasta su banca y se sentaban a orar, a hablarle al señor de las tormentas con la esperanza de que su sordera terminara de una vez y aquellas palabras, aquellas peticiones, fueran posibles.  Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Una palabra tuya bastará para sanarme. Una palabra tuya, solo una. De rodillas repetían para sí esa pequeña letanía, con los ojos cerrados, las manos juntas y un fervor único, éste era el momento en que Cristo llegaba a su cuerpo y podía comunicarse, era allí donde las súplicas debían ser oídas y los pecados dejados a un lado. Pero cuando llegaban a casa nada había ocurrido, el cielo no se había inmutado.
El cuerpo de Cristo en la tierra eran las manos del sacerdote acariciando sutilmente el cuerpo de los jóvenes. Aquellos abrazos iniciales, esas muestras de afecto a través de regalos a aquellos pobres adolescentes que disfrutaban por primera vez de la ropa de moda, de asistir a las premier de las películas, de los restaurantes y la comida del mundo, todo ello era una muestra de generosidad a ojos de sus familiares. Era una especie de pago por los servicios prestados a la santa iglesia. No imaginaban que tras las puertas del recinto sagrado, en la sacristía, aquellas manos, ese cuerpo de Cristo en la tierra se posaba sobre las piernas y acariciaba los cuerpos delgados de los muchachos. Por ello las confesiones mensuales del séquito de acólitos, para disfrutar de los detalles y la vergüenza por el despertar del sexo, por las masturbaciones y los juegos con las primas. El sacerdote tomaba sus manos y los absolvía con tres avemarías y cinco padrenuestros, los veía arrodillados frente a la figura de Cristo crucificado y se dirigía a paso lento a la casa cural.  El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia. Este sacrificio para nuestro bien, este sacrificio en nuestras manos.
Los domingos se esperaban los elegidos para la lectura, ¿quién leería el antiguo testamento, la segunda lectura, quién los salmos? Entonces, se hacía una lectura previa antes de la misa de siete de la mañana, ya que ese orden se mantendría durante todo el día. Para ello habría que recurrir a un estilo, a una forma de entonar, de hacer de la palabra una música hablada que envolviese a los asistentes y tuviesen una revelación, se debían acentuar los diálogos y marcar los tonos de cada personaje. El domingo con la iglesia llena, la cadencia de la palabra debía ser una ensoñación, un juego de sonidos. La palabra de dios era música y una lucha para entonarla, para corregir los errores del otro y salir victorioso; no en vano la familia en pleno acudía a recibir las felicitaciones por la fe y la entrega del muchacho. Por la buena dicción y la voz que resonaba en toda la iglesia. Lo llamaban el lector de evangelios, el nuevo Salomón. En el colegio la semana iniciaba con las felicitaciones de los maestros por la buena lectura y le pedían una pequeña reflexión sobre el tema tratado en la homilía. Era un pequeño estatus que otorgaba el leer ante una iglesia abarrotada, aunque de sus lecturas de ovnis, supersticiones, metamorfosis y mitologías nadie pedía cuentas o resúmenes.  
Cuando la enfermedad tomaba el cuerpo del sacerdote, venían otros párrocos a reemplazarlo, generando un nuevo orden, otra forma de llevar lo ritos, de profesar la fe. Intentando guiar al rebaño en la ausencia de su pastor las homilías se hacían eternas y las explicaciones de las escrituras fuera de la misa postergaban los juegos en el campanario, las excursiones por el cuarto de los trastos, donde ángeles y santos de tamaño natural esperaban su tiempo litúrgico o la semana santa para salir y recorrer las calles cargados sobre los hombros de los penitentes. El día domingo la misa era dada por varios sacerdotes, lo que implicaba estar muy atento a las costumbres de ellos, su forma de tomar el misal, sus gestos y como era llevado a cabo el misterio de la transustanciación, como se elevaba la ostia y se recitaban palabras para convertir en carne aquella insípida galleta. El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana. De quien ha querido compartir nuestra condición humana. Nuestra pobre y débil condición humana.
Un buen día, así como inició la aventura religiosa ésta tuvo su término. La pasión cambió de rostro y se instaló en los ojos de una compañera de clase. Para estar cerca de ella era necesario usar el tiempo de los domingos para hacer las tareas y los deberes que la escuela imponía. Eventualmente asistía a los actos litúrgicos, pero cada vez más lejano, desconfiando de las palabras allí dichas y de aquellos hombres que encarnaban la presencia de Cristo en la tierra, de aquellos hombres de dios, sin poder alguno, débiles a los placeres y tentaciones. Sentía compasión por ellos, por una fe que ataba y juzgaba, que no permitía la libertad y el sentir. Recordaba ciertos momentos vividos, cómo la inocencia era arrancada al ver las contradicciones entre el mundo real y las sagradas escrituras, al escuchar diversas interpretaciones de lo que dios dijo o de lo que cada persona cree que el dios del olvido dice para él, en su largo monologo malversado para la salvación y para condenar al otro, a ese que llamamos el prójimo. Señor Jesucristo, la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre no sea para mí un motivo de juicio y condenación, sino que, por tu piedad, me aproveche para defensa de alma y cuerpo y como remedio saludable. No sea para mí un motivo de juicio y condenación la defensa del alma y el cuerpo.


domingo, 15 de febrero de 2015

LETANÍA PARA ARTURO CASTRO

LETANÍA  PARA  ARTURO CASTRO


Por: Saúl Gómez Mantilla
lainsula451.blogspot.com

La tarde del 16 de febrero de 2002, mientras estabas comiendo en el barrio Tierra Linda, en el municipio de Los Patios, en Norte de Santander, fuiste abordado por hombres armados. Te llevaron detrás de la iglesia del barrio Pisarreal, allí, luego de golpearte y humillarte, te propinaron cerca de 40 disparos bajo la acusación de ser un satánico, con esa imbécil excusa, acorde a su poca inteligencia, cegaron tu vida, nos negaron tu compañía y tu palabra. 

Tenías 35 años y al parecer, los asesinos, miembros de un grupo paramilitar que delinquía en el municipio, te arrojaron de cara al suelo y te dispararon una bala por cada año de vida, empezaron por tus pies y fueron subiendo hasta llegar a tu cabeza. Cobardes que envidiaban tu nombre, por eso, el día de tu entierro, una multitud te lloró y te acompañó hasta el cementerio, te cubrieron de flores y lavaron tu cuerpo con sus lágrimas.

¿Qué pensabas con cada impacto? ¿Qué recuerdos llegaban y cuáles rostros acudían en tu última mirada? Eras un hombre grande y fuerte, con más de 1.80 de estatura y un cuerpo forjado por el trabajo desde niño. Tantas balas no eran necesarias para matarte, pero eran las suficientes para calmar la sevicia y perversión de tus asesinos, para apaciguar la enfermedad que los consume, ellos se alimentan del dolor de los hombres buenos.

Cuando nos enteramos de la noticia, al contemplar el llanto de mi abuela, quien te había visto crecer, por ser uno de los amigos más cercanos a la familia, empecé a recordarte, eras un hombre que, sin ser artista, se expresaba como uno, a través de esculturas en chatarra y la decoración de las vitrinas en los almacenes de ropa de la ciudad, dejabas un registro, una forma de ver el mundo.

El primer recuerdo que llegó a mi mente era el de una misa. En la iglesia San Pablo, al finalizar el acto religioso, hacías una entrega simbólica de un fusil de madera, y ante toda la congregación prometías no volver a empuñar un arma. Un año antes habías sido reclutado como soldado bachiller, fuiste obligado a prestar el servicio militar, contra tu voluntad y tu espíritu pacifista. Te subieron a un camión del ejército y te condujeron a un batallón en la ciudad de Bucaramanga y de allí fuiste trasladado a Saravena, para ver el horror que habita en nuestros pueblos y el miedo que inspira un uniforme, sin importar su color.

Eras un creyente que fue obligado a atentar contra la vida, a disparar contra el otro, a quien llamabas tu prójimo. En el ejército te enseñaron el odio, a forjar enemigos, y el absurdo poder que otorgan las armas; allí, donde los argumentos, el pensamiento y la razón son un estorbo para crear autómatas, tú, en tu fe, rezabas para no matar como un imperativo, para que las balas no dieran en el blanco.

Años después, en una exhibición de boxeo en la cancha San Pablo, mientras los pugilistas hacían de los golpes un arte, ante la armonía de los movimientos y la coreografía de la exhibición, pidieron al público que escogiera a alguien para subir al ring y enfrenar a un boxeador. Los niños, como un coro, empezaron a gritar tu apodo: ¡Chamorra, Chamorra, Chamorra!  Sorprendido, subiste al ring y te pusiste los guantes. Cuando sonó la campana, ante la sorpresa de los asistentes, levantaste los brazos al cielo y en un salto, arrojaste los guantes hacía arriba, mientras gritabas: ¡qué viva la paz! Muchos te llamaron cobarde, no entendían cómo un hombre tan grande y fuerte se negaba a pelear; pero, ese hecho era un acto simbólico y una afirmación de vida, era tu ¡No! rotundo a la violencia, sin importar los disfraces o los engaños que nos daban para aceptarla.

Luego, con motivo de la realización del festival de la canción El Cují de oro, que reunía anualmente a los mejores cantantes del municipio, en un año difícil para conseguir apoyo y dar a los participantes un recuerdo y un galardón, ante la negativa de la administración municipal y de los empresarios del municipio para apoyar el evento. Decidiste hacer los premios, con algunas manivelas, tuercas y tornillos hiciste figuras de cantantes y guitarritas. Cada niño, joven y adulto que cantó, se llevó a casa una pequeña escultura, una muestra del amor que repartías sin interés alguno, porque considerabas que era lo justo, que cada aprendiz de cantante debía llagar a casa con un recuerdo, con un galardón por compartir su voz.

La luna seguía tus pasos, velaba y cuidaba de ti, por ello te asesinaron antes del anochecer, porque sabían que no podrían tocarte. Tú que le rendías tributo a la compañera de la noche, mediante las lunadas, en que la música y la palabra, eran la posibilidad de reflexionar y de pensar una nueva vida, una forma bella de ser con los otros. En la vereda Los Vados, en una colina junto a la carretera, las notas del rock latinoamericano, la música de planchar y el vino eran una forma de celebrar, de perpetuar la amistad, de compartir los buenos recuerdos junto a una fogata hasta la hora de la madrugada, para ver al imponente sol y sentir sus primeros rayos sobre la piel, para sentirte vivo, pleno y en armonía con la naturaleza.

Estos recuerdos, aunados a los helados que regalabas a los niños que descalzos se paraban frente a tu heladería, soportando el sol de la tarde y sudando por los juegos. Tú los espantabas del negocio, no sin antes darles un cono o una paleta, veías en ellos a tus recuerdos, ese andar sin camisa y bajar al río para acompañar a mamá a lavar la ropa. Esos pequeños rostros eran un reflejo de tu infancia y de los sueños que poco a poco se fueron haciendo realidad.


Estos pequeños hechos narrados hoy día, trece años después de tu asesinato, dan cuenta de un ser excepcional, como lo son todos aquellos que forjan su vida en el compartir y en la entrega. Hablan de la bondad y del absurdo cotidiano de este país. Intentan dar cuenta de tu vida, que fue muchas otras cosas, que serán contadas a su tiempo e irán blindado tu imagen y tus recuerdos, para que permanezcan vivos en la memoria de todos aquellos que tuvimos la fortuna de conocerte, de hablar de ti, como una presencia que pervive en las calles del pequeño municipio de Los Patios.

lunes, 26 de enero de 2015

LA INDIGNACIÓN COMO ESTÉTICA

LA INDIGNACIÓN COMO ESTÉTICA

Por: Renson Said Sepúlveda



El primer poema de este libro comienza con una idea amarga: “leer es empezar a sangrar”. Y el último comienza diciendo “A Fabio lo mataron  saliendo de su casa un 8 de diciembre”. Entre estos dos poemas se levanta la propuesta estética de Rostro que no se encuentra, el segundo libro  del joven poeta Saúl Gómez Mantilla, esto es, la indignación como una forma de la estética.

Aquí la rabia, la impotencia, ese “pequeño conteo de gritos” que constituye la poesía de Saúl tiene una particularidad: no es un grito individual de un ser humano que ha sufrido pérdidas. Su dolor –quiero decir: el dolor en su poesía- es dolor moral que se ha vuelto luminoso, y en ese sentido el que habla en estos versos no es un yo poético sino un yo colectivo: es el dolor de todos frente a un orden social y político (un orden, digamos, “institucional”) que nos obliga a abrazar a nuestros hermanos “en lo profundo de una fosa”. Decía Martín Buber que el hombre solo no existe. El yo existe por el tú. En ese sentido, el hombre que explora su propio corazón explora así el corazón de sus semejantes. Y en los poemas más decididamente personales de este libro hay una universalidad que logra la lengua. A esto es a lo que apuntaba Arthur Rimbaud cuando decía “Yo es otro”.

La realidad alimenta cada poema de este libro, pero cada poema de este libro construye otra realidad. No compite con ella de manera vulgar, como si fuera poesía política de denuncia en caliente, sino que aquí habla el lenguaje: esa sangre del espíritu, como la llamaba Unamuno. Y le habla a la tribu, o sea, a todos nosotros. Mallarmé decía que el poeta usaba, a la hora de escribir, un “piano de palabras”. Saúl toca ese piano a puñetazos y le sale música. Porque además de ser los poemas de este libro unidades autónomas, cada uno lleva un ritmo interno, una música callada. Hasta la disposición tipográfica de los poemas buscan imponer en el lector un ritmo respiratorio  fácilmente identificable en la poesía modernista de José Asunción Silva o Rubén Darío, para citar apenas a dos de los poetas que Saúl lee con insistencia. Música callada, decía, pero olvidé mencionar que es música que no celebra sino que le imprime al verso un temblor interno de indignación humana.

En la obra de Saúl hay belleza, pero detrás de ella está el dolor. Es una belleza golpeada, desgarrada por el dolor. Y también hay belleza de la forma: el libro está divido en cuatro partes que probablemente corresponden a cuatros estaciones personales de su estado emocional. Y hasta los epígrafes (Eliot, Rimbaud, Camus, Maiakovski, etc.) hablan, no de sus lecturas, sino de un conjunto de afinidades espirituales que le permiten al poeta soportar la soledad y la tristeza.

El lector no encontrará aquí poemas de amor. Pero indudablemente es el amor el que mueve estos poemas: nos duele lo que amamos. Y a Saúl le duele la vida. Y cuando la vida es amputada, queda la poesía como única forma de consuelo.

Lo paradójico de todo esto (en últimas, la gran paradoja del arte) es que una obra, sea el resultado de un dolor profundo, de una indignación, y que por expresar eso, el poeta o artista sea aplaudido y reciba premios. Es lo que sucede cuando un dolor se lleva a los niveles más altos de belleza estética. Es por lo que Saúl se ha convertido en el vocero de la tribu.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

EMPRENDER EL VUELO

EMPRENDER  EL  VUELO

A la memoria de Hernando Cruz



El estruendo de tu caída
despertó a todos los ocupantes de ese hotel
en que decidiste ir más allá de los sueños.

En ese preciso momento
mientras tu cuerpo yacía sobre el asfalto
nuestros corazones palpitaban al unísono
entonando una melodía,
un extraño réquiem monocorde.

Ese insólito sonido
empezó a poblar la tierra de sur a norte
las aves migratorias perdieron su rumbo
un enorme trozo de hielo se desprendió del ártico
y ahora
en este preciso instante
vaga sin rumbo en busca de un Titanic.

Mientras tu alma se elevaba
y contemplaba ese frágil cuerpo adormilado
en nuestros sueños llegaba un gesto
una sonrisa que se fue tornado en carcajada
al ritmo frenético de nuestro corazón.

Se dice que en sueños
entramos en sintonía con tu espíritu
necio y alocado
nos convocabas a la despedida
a celebrar tu cumpleaños
más allá de las estrellas.

Hecho con pedazos de papel
tu rostro era un nuevo Cristo
otro Narciso que sucumbía al mundo
y se entregaba de lleno
al placer el escape.

¿Por qué no llamaste?
y pediste
entre tantas cosas
un abrazo y alguna palabra de afecto.
Acaso la ausencia de un cuerpo de mujer
joven y bello
fue la causa del arrebato de emprender el vuelo
o alguna enfermedad
un dolor que guardabas en silencio
te llevó a tierras donde no podemos
acompañarte ahora.

¿Qué hacías en ese lugar?
Acaso el recuerdo
la niñez brotó
y vino en busca de su pasado
tomó su lugar y se negó a irse
a habitar nuevamente las regiones del olvido.

Debíamos despertar con la noticia
y tú
cauto como siempre
no permitiste que las lágrimas se juntaran
porque sabías que serían tantas
que un nuevo diluvio cubriría la tierra
y extensas nubes grises
poblarían el planeta por días enteros.

El horror llegó cuando lo supimos
las canciones tristes que nos acompañaban
el pequeño dolor en el costado
el ritmo lento de nuestros corazones
eran el anuncio de tu partida.

En las calles
tu figura se tambalea alegre
tan dichosos éramos en tu compañía
que no guardaste nada para llevar en tu velero
en el que ahora esperas
en compañía de tantos otros
para seguir celebrando
el dolor de estar vivo.



Saúl Gómez Mantilla

miércoles, 8 de octubre de 2014

FÁBRICA DE HISTORIAS

FÁBRICA DE HISTORIAS

Por: María Lucía Herrera




¿Es el lenguaje escrito el medio exclusivo a través del cual expresamos nuestros pensamientos y contamos historias? Son numerosos los estudios que demuestran que, a través de las Artes Plásticas, la Música, la Danza, entre otras, cumplimos aquellos mismos fines, y sin embargo, siempre se cruza la palabra Literatura por nuestra mente cuando pensamos en el arte de expresar las ocurrencias de la vida. Hagamos la siguiente reflexión: si entendemos por ‘lenguaje’ el conjunto de signos que utilizamos para comunicarnos con los demás, debemos admitir también como ‘lenguaje’ códigos diferentes al alfabeto, tales como los colores, las texturas, las notas musicales, los movimientos. Son signos que al igual que las letras, los combinamos, modificamos y organizamos para formar composiciones de todo tipo: cuadros, imágenes, melodías, coreografías, atuendos, ensayos, cuentos; con éstas buscamos comunicar un mensaje que genere en los demás una respuesta, despierte un sentimiento, una inquietud, nuble por un segundo todo conocimiento que se creía tener. Así pues, ¿es tan diferente una composición escrita de una visual o de una auditiva? No. Y entonces… ¿puede una composición no verbal caber dentro de la definición de ‘cuento’, de ‘poesía’, de ‘ensayo’?
     Siguiendo el viejo dicho “una imagen vale más que mil palabras”, las Artes Visuales, al igual que la Música, logran un impacto directo en el subconsciente del público, moviendo sus sentimientos y pensamientos más ocultos, aun sin que éste pueda percibirlo o definirlo con claridad. A la hora de leer una obra literaria, lo primero que notamos no es la riqueza de su contenido ni la belleza de sus palabras, sino su composición, diseño gráfico: lo bello de su tipografía, el orden de sus párrafos, la armonía de los colores en sus páginas, la textura de la letra sobre el fondo; y tratándose de un texto impreso, los demás sentidos complementan el espectáculo visual, percibiendo el grosor del papel, el casi imperceptible relieve de las letras sobre el entramado de las delicadas fibras vegetales, y el sonido de una hoja cambiando de lado como una pluma perdiéndose en el viento al desprenderse del ala, y todo, en unas milésimas de segundo, suficientes para que el adormitado consciente no lo note, pero el subconsciente lo aprecie en todo su esplendor. De ahí parte el grado de interés con que abordaremos el paso siguiente, la lectura, que requiere un grado de concentración y comprensión racional mayor pues el proceso ocurre de forma inversa y es más lento: el mensaje debe pasar primero por el filtro individual del consciente para poder llegar a conmover al subconsciente.
     La lectura de la palabra, a pesar de ser un recorrido más largo y arduo, es el instrumento que los seres humanos hemos considerado mejor para comunicarnos. ¿Por qué? La respuesta está en su misma naturaleza, en su forma de transmitir el mensaje. Tanto en lo verbal como en lo escrito prima el filtro del consciente, presente en ambos extremos de la transmisión: el lector debe necesariamente hacer uso de su capacidad de razonamiento para llevar a cabo el proceso de lectura, y su autor debe hacer una construcción consciente del mismo. Al saber lo que queremos decir y tener idea de cómo: si hablamos, jugaremos a ser actores de teatro y haremos uso de nuestras expresiones faciales, como un bailarín profesional controlaremos cada uno de nuestros movimientos corporales, y a la par de un cantante de ópera modularemos el sonido de nuestra voz; si lo hacemos de forma escrita, como un arquitecto probaremos con la estructura interna y externa de nuestras frases, igual que un diseñador al planear una pasarela organizaremos las palabras, y como un Beethoven intercalaremos entonaciones-silencios-golpes-duraciones en comas, puntos, largo de palabras y frases, acentos y sinónimos. Así, la palabra es la herramienta de mayor manipulación, porque es la que mejor hemos aprendido a acomodar a nuestros fines a la hora de comunicarnos de forma asertiva.
     Las Artes Audio-Visuales, en cambio, están mucho más ligadas al subconsciente del autor y del receptor, la creación y lectura de la obra es un proceso mucho más visceral. Al igual que un escritor, el creativo sabe cuáles son las herramientas específicas a su disposición (colores, formas, líneas, figuras, ángulos, escala, acordes, tonos, timbres, duraciones), pero le es imposible apelar de lleno a la razón si es que su mensaje quiere ver plasmado. Tendemos a pensar que las Artes Audio-Visuales son inferiores a la que utiliza la palabra como cimiento para la comunicación, porque presentan a nuestro consciente, ávido de poder y de rapidez, un reto intolerable. Esto no significa que no sean un medio adecuado para la comunicación: sabemos que en la Edad Media, la forma de enseñar al pueblo era a través de las imágenes; al ser los altos nobles y los eclesiásticos los únicos en conocer la palabra escrita, debieron idear la forma de narrar la Historia Sagrada a los creyentes menos privilegiados.

     Tomemos como ejemplo específico: el mundo de la Moda. Vestimos de cierta manera debido a un motivo único para cada quien, incluso cuando desconocemos cuál es nuestro propio incentivo a la hora de escoger las prendas a portar. A través de ellas expresamos el entorno social en que habitamos, nuestro status social, inclinación política, preferencia sexual, ideología profesada, subcultura afín… Vestimos o no a la moda, con ciertos colores que nos caracterizan, ciertos materiales que preferimos, cierta silueta que sentimos más halagadora. En el armario encontramos las palabras, ese sinfín de prendas a nuestra disposición en todos los idiomas, acentos, tipografías. ¿Y nosotros? Armamos las frases que queremos portar ese día. Ingenuamente nos paramos ante el espejo y juzgamos desde nuestros sentidos, creyendo que hemos hecho una decisión racional, lógica, consciente.
     Los diseñadores, quienes se encargan de crear las palabras que portamos a diario, saben la realidad que se oculta tras el proceso aparentemente lúcido de la elección de toda prenda. A partir del alfabeto, el código de signos del lenguaje que es la Moda, ellos construyen un diccionario infinito para que los compradores en las tiendas escojan el vocabulario que mejor se ajusta al discurso que inconscientemente quieren exclamar. El alfabeto de un diseñador consta de colores, texturas, brillos, vuelos, talles, siluetas, formas, líneas: con acentos (un poco de brilló por aquí, un poco de mate por allá); en altas, bajas, itálicas y negritas (un cuello de reina de un metro de alto, un vestido blanco nada recargado, una falda asimétrica en chiffón plisado, el corpiño de un vestido en encaje recamado); se mezclan los caracteres para formar palabras tan largas que arrastran una cola de cuatro metros de longitud, y otras tan cortas que acogen en su interior, en una sola vuelta, el contorno de un dedo de la mano; algunas de sus palabras, reflejan las ideas más vistosas, extrañas y recargadas, otras, las hacen más sencillas, más cotidianas.
     No en vano, los creadores de Alta Moda, los escritores más afamados y exclusivos de la industria del traje, buscan siempre crear más que palabras: las frases enteras, si acaso un párrafo, por qué no un capítulo, quizás un cuento o tal vez una novela. Su misión no es vender la prenda, la palabra, sino vender la historia completa, el mensaje. Sus desfiles, verdaderas puestas en escena, buscan contar historias desde lo más sensible del espíritu humano, lo interior; que los sentidos físicos inunden el subconsciente de sentimientos, reacciones, ideas. No necesitamos fijarnos demasiado en lo técnico de sus colecciones para comprenderlas; los materiales, los colores, el styling, la música y el orden en que se nos presentan los atuendos, debemos estudiarlos como un todo, en una secuencia de principio-nudo-desenlace. No hay que mirar con el sentido de la vista del consciente sino ver con los ojos del subconsciente, del alma; la historia está ahí, es nuestra para leer:
     El siempre irreverente Alexander McQueen, que nunca falló en sorprender, marcó un hito muy importante para la historia de la moda con su No. 13. Nos lleva en un viaje de transformación, que comienza con una mujer muy masculina y que siempre viste en escala de gris, pero que poco a poco, al compás de una música que nos lleva a un trance en el que el tiempo se olvida, la mujer se va suavizando y se convierte ante nuestros ojos, incapaces de marcar el momento específico, en una bailarina, representada con prendas sueltas y colores pastel. En varias ocasiones nos hace creer que hemos llegado ya al final de la metamorfosis, que del cuerpo le han brotado alas alzando el vuelo en libertad, sólo para sorprendernos aún más con lo que sigue. Luego de la mujer hecha flor, nos sumerge en una atmósfera a media luz; las modelos giran sobre plataformas con los más elegantes trajes de la colección, hechos totalmente en transparencias y recamados de piedras preciosas, cual maniquíes dispuestos en una vitrina para ser devorados por los ojos insaciables del público; la mariposa ha sido capturada.

     Al finalizar el desfile, la luz se apaga y cuando se enciende, ilumina el recinto del más profundo azul. McQueen nos presenta la cumbre de su genio creativo que aún después de tantas décadas es, y por muchas décadas más será, uno de los grandes momentos de la Moda. Girando sobre la plataforma central se aprecia la última modelo. No está quieta, se mueve con cuidado, como si temiera que sus pequeños y delicados movimientos pudieran despertar la furia de su captor, dos enormes máquinas de tez color durazno y alma negra que la rodean y apuntan directo al único vestido blanco de la hora que llevamos presenciando esta narración. La silueta nos recuerda el tutú de una bailarina, capas y capas de tul francés yacen bajo la falda. El peinado y los accesorios, minimalistas y clásicos, nos remontan al ideal de refinamiento femenino de principios del siglo XX. Aparece ante nosotros una flor, una mariposa, la feminidad pura amenazada por la rudeza de la sociedad moderna. La acompaña una suave melodía que acelerando su tempo y subiendo el volumen, va al ritmo de nuestros corazones a medida que las máquinas se mueven y se acercan. La flor, la mariposa en el cristal, completamente indefensa ante la inminente invasión, gira cada vez más rápido en su desesperación. Las máquinas disparan. La modelo se protege en vano, en su cara vemos dolor y sufrimiento; a medida que se siente más manchada de oscuridad, codicia y envidia, cambia su expresión a una especie de estado hipnótico que la envuelve en éxtasis. Todo termina tan rápido como empezó. El estado de pureza, ¿espiritual quizás?, que había alcanzado, desaparece; se ha cerrado el círculo y la mujer que alguna vez se liberó de sus cadenas, yace destruida por la sociedad, ha sido remplazada por otra… una que identificamos a diario.

     El acto de narrar es de naturaleza humana. Desde los tiempos más remotos, nacemos con la necesidad espiritual de comunicar nuestros pensamientos, sentimientos, deseos y miedos. Todo tipo de sonidos, letras, figuras y gestos, hacen parte de nuestro alfabeto diario y a pesar que los hemos creado en milenios de experiencia, tendemos a creer que la palabra es la única de esas herramientas que sirve para tal fin; en realidad, sonidos, imágenes y palabras están siempre unidos en nuestra vida diaria. Existen mil maneras de contar una historia, la Moda es una de ellas. A través de sus propios códigos de lenguaje, puede contarla de forma tan cotidiana como fantástica, poética, didáctica, épica, corta o larga, en la ciudad o en el campo, en cualquier época o universo paralelo, de terror, de amor, de dolor. En cuanto seamos conscientes de esto (que toda producción artística es un lenguaje), aprenderemos a entender las historias que son contadas a diario a través de códigos diferentes a la palabra, y a narrar nuestras propias historias.