lunes, 23 de marzo de 2015

DEMOLICIÓN

DEMOLICIÓN


A Lucho Brahim

Demolerlo todo para construir un paraíso que caerá en llamas,
no sin antes haber dejado en él
la piel impregnada en cada pared;  
para retornar a la infancia y aferrare a la joven idea
de un mundo que estalla en colores.

Demoler la vida y arrojar los recuerdos a la basura
Ir abandonando cabello y uñas.
Despojando al cuerpo de dientes y cenizas
para que solo perviva la sonrisa y las calles
que el mundo puso a tus pies.

Demoler la casa
ladrillo a ladrillo arrojarla por la alberca
clausurando habitaciones y estudios.
Para que ninguna pintura estropee las blancas paredes
los bellos cuerpos que danzaban bajo la luna
en el cielo de la frontera.

Demoler el humo, la bebida y el placer
rehacer la vida, y darle forma a un nuevo autorretrato
aferrado al amor y los amigos,
para contemplar con ojos azules y sinceros,
puros como el cielo de Cúcuta al caer la tarde,
las manos que han forjado entre lienzos y palabras
la admiración y el respeto
negándose a caer en la adoración de la nada.

Saúl Gómez Mantilla


lunes, 9 de marzo de 2015

LECTOR DE EVANGELIOS

LECTOR DE EVANGELIOS
 Por: Saúl Gómez Mantilla 

El domingo después de la misa de las nueve de la mañana, se acercó al atrio de la iglesia, fue a la sacristía para decirle al sacerdote que deseaba ser un monaguillo, que asistía regularmente a la iglesia y estudiaba en un colegio católico de monjas franciscanas. Luego de responder a las preguntas sobre su familia, el lugar donde vivía y las razones por las cuales quería servir en la iglesia, recibió su hábito, un traje blanco, sucio, manchado, con el dobladillo suelto y de una talla mayor que lo hacía ver ridículo. Lo tomó como si fuese una prueba, un obstáculo que sobrepasar para ingresar a aquel grupo de niños y jóvenes que día a día en la misa de la noche y los domingos, eran admirados por su entrega y su disposición a la parroquia y a los feligreses. Con el hábito bajo el brazo corrió hasta su casa repitiendo para sí: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor. Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es el Cordero de Dios…
Al llegar a casa, la madre se sorprendió nuevamente con esta otra locura, los scout o el deporte eran pasables, pero, ―monaguillo, con lo que se comenta de los sacerdotes―, pensaba ella. Aunque la familia se consideraba muy fiel y católica, muy cumplida en las misas y los eventos religiosos, no habían pensado en un hijo con esas inclinaciones, ―¿y si resultase cura? ―se decían unos a otros― ¿Habrá que ir a misa todos los domingos? ¿La limosna será una obligación? ¿Tendremos al cura y a las monjas metidos en la casa?― Eran las preguntas que se hacían ante la sorpresa del suceso, ―Aunque algo de cielo habrá en esa entrega, una buena parcela para toda la familia, con ese sacrificio, con esa rezadera todos los días.
El cuerpo de Cristo era una insípida galleta que se deshacía en la boca. Muchas personas lo recibían y paladeaban mientras sus mentes estaban en la tierra, recordando los avatares de la semana y los problemas domésticos. Caminaban hasta su banca y se sentaban a orar, a hablarle al señor de las tormentas con la esperanza de que su sordera terminara de una vez y aquellas palabras, aquellas peticiones, fueran posibles.  Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Una palabra tuya bastará para sanarme. Una palabra tuya, solo una. De rodillas repetían para sí esa pequeña letanía, con los ojos cerrados, las manos juntas y un fervor único, éste era el momento en que Cristo llegaba a su cuerpo y podía comunicarse, era allí donde las súplicas debían ser oídas y los pecados dejados a un lado. Pero cuando llegaban a casa nada había ocurrido, el cielo no se había inmutado.
El cuerpo de Cristo en la tierra eran las manos del sacerdote acariciando sutilmente el cuerpo de los jóvenes. Aquellos abrazos iniciales, esas muestras de afecto a través de regalos a aquellos pobres adolescentes que disfrutaban por primera vez de la ropa de moda, de asistir a las premier de las películas, de los restaurantes y la comida del mundo, todo ello era una muestra de generosidad a ojos de sus familiares. Era una especie de pago por los servicios prestados a la santa iglesia. No imaginaban que tras las puertas del recinto sagrado, en la sacristía, aquellas manos, ese cuerpo de Cristo en la tierra se posaba sobre las piernas y acariciaba los cuerpos delgados de los muchachos. Por ello las confesiones mensuales del séquito de acólitos, para disfrutar de los detalles y la vergüenza por el despertar del sexo, por las masturbaciones y los juegos con las primas. El sacerdote tomaba sus manos y los absolvía con tres avemarías y cinco padrenuestros, los veía arrodillados frente a la figura de Cristo crucificado y se dirigía a paso lento a la casa cural.  El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia. Este sacrificio para nuestro bien, este sacrificio en nuestras manos.
Los domingos se esperaban los elegidos para la lectura, ¿quién leería el antiguo testamento, la segunda lectura, quién los salmos? Entonces, se hacía una lectura previa antes de la misa de siete de la mañana, ya que ese orden se mantendría durante todo el día. Para ello habría que recurrir a un estilo, a una forma de entonar, de hacer de la palabra una música hablada que envolviese a los asistentes y tuviesen una revelación, se debían acentuar los diálogos y marcar los tonos de cada personaje. El domingo con la iglesia llena, la cadencia de la palabra debía ser una ensoñación, un juego de sonidos. La palabra de dios era música y una lucha para entonarla, para corregir los errores del otro y salir victorioso; no en vano la familia en pleno acudía a recibir las felicitaciones por la fe y la entrega del muchacho. Por la buena dicción y la voz que resonaba en toda la iglesia. Lo llamaban el lector de evangelios, el nuevo Salomón. En el colegio la semana iniciaba con las felicitaciones de los maestros por la buena lectura y le pedían una pequeña reflexión sobre el tema tratado en la homilía. Era un pequeño estatus que otorgaba el leer ante una iglesia abarrotada, aunque de sus lecturas de ovnis, supersticiones, metamorfosis y mitologías nadie pedía cuentas o resúmenes.  
Cuando la enfermedad tomaba el cuerpo del sacerdote, venían otros párrocos a reemplazarlo, generando un nuevo orden, otra forma de llevar lo ritos, de profesar la fe. Intentando guiar al rebaño en la ausencia de su pastor las homilías se hacían eternas y las explicaciones de las escrituras fuera de la misa postergaban los juegos en el campanario, las excursiones por el cuarto de los trastos, donde ángeles y santos de tamaño natural esperaban su tiempo litúrgico o la semana santa para salir y recorrer las calles cargados sobre los hombros de los penitentes. El día domingo la misa era dada por varios sacerdotes, lo que implicaba estar muy atento a las costumbres de ellos, su forma de tomar el misal, sus gestos y como era llevado a cabo el misterio de la transustanciación, como se elevaba la ostia y se recitaban palabras para convertir en carne aquella insípida galleta. El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana. De quien ha querido compartir nuestra condición humana. Nuestra pobre y débil condición humana.
Un buen día, así como inició la aventura religiosa ésta tuvo su término. La pasión cambió de rostro y se instaló en los ojos de una compañera de clase. Para estar cerca de ella era necesario usar el tiempo de los domingos para hacer las tareas y los deberes que la escuela imponía. Eventualmente asistía a los actos litúrgicos, pero cada vez más lejano, desconfiando de las palabras allí dichas y de aquellos hombres que encarnaban la presencia de Cristo en la tierra, de aquellos hombres de dios, sin poder alguno, débiles a los placeres y tentaciones. Sentía compasión por ellos, por una fe que ataba y juzgaba, que no permitía la libertad y el sentir. Recordaba ciertos momentos vividos, cómo la inocencia era arrancada al ver las contradicciones entre el mundo real y las sagradas escrituras, al escuchar diversas interpretaciones de lo que dios dijo o de lo que cada persona cree que el dios del olvido dice para él, en su largo monologo malversado para la salvación y para condenar al otro, a ese que llamamos el prójimo. Señor Jesucristo, la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre no sea para mí un motivo de juicio y condenación, sino que, por tu piedad, me aproveche para defensa de alma y cuerpo y como remedio saludable. No sea para mí un motivo de juicio y condenación la defensa del alma y el cuerpo.


domingo, 15 de febrero de 2015

LETANÍA PARA ARTURO CASTRO

LETANÍA  PARA  ARTURO CASTRO


Por: Saúl Gómez Mantilla
lainsula451.blogspot.com

La tarde del 16 de febrero de 2002, mientras estabas comiendo en el barrio Tierra Linda, en el municipio de Los Patios, en Norte de Santander, fuiste abordado por hombres armados. Te llevaron detrás de la iglesia del barrio Pisarreal, allí, luego de golpearte y humillarte, te propinaron cerca de 40 disparos bajo la acusación de ser un satánico, con esa imbécil excusa, acorde a su poca inteligencia, cegaron tu vida, nos negaron tu compañía y tu palabra. 

Tenías 35 años y al parecer, los asesinos, miembros de un grupo paramilitar que delinquía en el municipio, te arrojaron de cara al suelo y te dispararon una bala por cada año de vida, empezaron por tus pies y fueron subiendo hasta llegar a tu cabeza. Cobardes que envidiaban tu nombre, por eso, el día de tu entierro, una multitud te lloró y te acompañó hasta el cementerio, te cubrieron de flores y lavaron tu cuerpo con sus lágrimas.

¿Qué pensabas con cada impacto? ¿Qué recuerdos llegaban y cuáles rostros acudían en tu última mirada? Eras un hombre grande y fuerte, con más de 1.80 de estatura y un cuerpo forjado por el trabajo desde niño. Tantas balas no eran necesarias para matarte, pero eran las suficientes para calmar la sevicia y perversión de tus asesinos, para apaciguar la enfermedad que los consume, ellos se alimentan del dolor de los hombres buenos.

Cuando nos enteramos de la noticia, al contemplar el llanto de mi abuela, quien te había visto crecer, por ser uno de los amigos más cercanos a la familia, empecé a recordarte, eras un hombre que, sin ser artista, se expresaba como uno, a través de esculturas en chatarra y la decoración de las vitrinas en los almacenes de ropa de la ciudad, dejabas un registro, una forma de ver el mundo.

El primer recuerdo que llegó a mi mente era el de una misa. En la iglesia San Pablo, al finalizar el acto religioso, hacías una entrega simbólica de un fusil de madera, y ante toda la congregación prometías no volver a empuñar un arma. Un año antes habías sido reclutado como soldado bachiller, fuiste obligado a prestar el servicio militar, contra tu voluntad y tu espíritu pacifista. Te subieron a un camión del ejército y te condujeron a un batallón en la ciudad de Bucaramanga y de allí fuiste trasladado a Saravena, para ver el horror que habita en nuestros pueblos y el miedo que inspira un uniforme, sin importar su color.

Eras un creyente que fue obligado a atentar contra la vida, a disparar contra el otro, a quien llamabas tu prójimo. En el ejército te enseñaron el odio, a forjar enemigos, y el absurdo poder que otorgan las armas; allí, donde los argumentos, el pensamiento y la razón son un estorbo para crear autómatas, tú, en tu fe, rezabas para no matar como un imperativo, para que las balas no dieran en el blanco.

Años después, en una exhibición de boxeo en la cancha San Pablo, mientras los pugilistas hacían de los golpes un arte, ante la armonía de los movimientos y la coreografía de la exhibición, pidieron al público que escogiera a alguien para subir al ring y enfrenar a un boxeador. Los niños, como un coro, empezaron a gritar tu apodo: ¡Chamorra, Chamorra, Chamorra!  Sorprendido, subiste al ring y te pusiste los guantes. Cuando sonó la campana, ante la sorpresa de los asistentes, levantaste los brazos al cielo y en un salto, arrojaste los guantes hacía arriba, mientras gritabas: ¡qué viva la paz! Muchos te llamaron cobarde, no entendían cómo un hombre tan grande y fuerte se negaba a pelear; pero, ese hecho era un acto simbólico y una afirmación de vida, era tu ¡No! rotundo a la violencia, sin importar los disfraces o los engaños que nos daban para aceptarla.

Luego, con motivo de la realización del festival de la canción El Cují de oro, que reunía anualmente a los mejores cantantes del municipio, en un año difícil para conseguir apoyo y dar a los participantes un recuerdo y un galardón, ante la negativa de la administración municipal y de los empresarios del municipio para apoyar el evento. Decidiste hacer los premios, con algunas manivelas, tuercas y tornillos hiciste figuras de cantantes y guitarritas. Cada niño, joven y adulto que cantó, se llevó a casa una pequeña escultura, una muestra del amor que repartías sin interés alguno, porque considerabas que era lo justo, que cada aprendiz de cantante debía llagar a casa con un recuerdo, con un galardón por compartir su voz.

La luna seguía tus pasos, velaba y cuidaba de ti, por ello te asesinaron antes del anochecer, porque sabían que no podrían tocarte. Tú que le rendías tributo a la compañera de la noche, mediante las lunadas, en que la música y la palabra, eran la posibilidad de reflexionar y de pensar una nueva vida, una forma bella de ser con los otros. En la vereda Los Vados, en una colina junto a la carretera, las notas del rock latinoamericano, la música de planchar y el vino eran una forma de celebrar, de perpetuar la amistad, de compartir los buenos recuerdos junto a una fogata hasta la hora de la madrugada, para ver al imponente sol y sentir sus primeros rayos sobre la piel, para sentirte vivo, pleno y en armonía con la naturaleza.

Estos recuerdos, aunados a los helados que regalabas a los niños que descalzos se paraban frente a tu heladería, soportando el sol de la tarde y sudando por los juegos. Tú los espantabas del negocio, no sin antes darles un cono o una paleta, veías en ellos a tus recuerdos, ese andar sin camisa y bajar al río para acompañar a mamá a lavar la ropa. Esos pequeños rostros eran un reflejo de tu infancia y de los sueños que poco a poco se fueron haciendo realidad.


Estos pequeños hechos narrados hoy día, trece años después de tu asesinato, dan cuenta de un ser excepcional, como lo son todos aquellos que forjan su vida en el compartir y en la entrega. Hablan de la bondad y del absurdo cotidiano de este país. Intentan dar cuenta de tu vida, que fue muchas otras cosas, que serán contadas a su tiempo e irán blindado tu imagen y tus recuerdos, para que permanezcan vivos en la memoria de todos aquellos que tuvimos la fortuna de conocerte, de hablar de ti, como una presencia que pervive en las calles del pequeño municipio de Los Patios.

lunes, 26 de enero de 2015

LA INDIGNACIÓN COMO ESTÉTICA

LA INDIGNACIÓN COMO ESTÉTICA

Por: Renson Said Sepúlveda



El primer poema de este libro comienza con una idea amarga: “leer es empezar a sangrar”. Y el último comienza diciendo “A Fabio lo mataron  saliendo de su casa un 8 de diciembre”. Entre estos dos poemas se levanta la propuesta estética de Rostro que no se encuentra, el segundo libro  del joven poeta Saúl Gómez Mantilla, esto es, la indignación como una forma de la estética.

Aquí la rabia, la impotencia, ese “pequeño conteo de gritos” que constituye la poesía de Saúl tiene una particularidad: no es un grito individual de un ser humano que ha sufrido pérdidas. Su dolor –quiero decir: el dolor en su poesía- es dolor moral que se ha vuelto luminoso, y en ese sentido el que habla en estos versos no es un yo poético sino un yo colectivo: es el dolor de todos frente a un orden social y político (un orden, digamos, “institucional”) que nos obliga a abrazar a nuestros hermanos “en lo profundo de una fosa”. Decía Martín Buber que el hombre solo no existe. El yo existe por el tú. En ese sentido, el hombre que explora su propio corazón explora así el corazón de sus semejantes. Y en los poemas más decididamente personales de este libro hay una universalidad que logra la lengua. A esto es a lo que apuntaba Arthur Rimbaud cuando decía “Yo es otro”.

La realidad alimenta cada poema de este libro, pero cada poema de este libro construye otra realidad. No compite con ella de manera vulgar, como si fuera poesía política de denuncia en caliente, sino que aquí habla el lenguaje: esa sangre del espíritu, como la llamaba Unamuno. Y le habla a la tribu, o sea, a todos nosotros. Mallarmé decía que el poeta usaba, a la hora de escribir, un “piano de palabras”. Saúl toca ese piano a puñetazos y le sale música. Porque además de ser los poemas de este libro unidades autónomas, cada uno lleva un ritmo interno, una música callada. Hasta la disposición tipográfica de los poemas buscan imponer en el lector un ritmo respiratorio  fácilmente identificable en la poesía modernista de José Asunción Silva o Rubén Darío, para citar apenas a dos de los poetas que Saúl lee con insistencia. Música callada, decía, pero olvidé mencionar que es música que no celebra sino que le imprime al verso un temblor interno de indignación humana.

En la obra de Saúl hay belleza, pero detrás de ella está el dolor. Es una belleza golpeada, desgarrada por el dolor. Y también hay belleza de la forma: el libro está divido en cuatro partes que probablemente corresponden a cuatros estaciones personales de su estado emocional. Y hasta los epígrafes (Eliot, Rimbaud, Camus, Maiakovski, etc.) hablan, no de sus lecturas, sino de un conjunto de afinidades espirituales que le permiten al poeta soportar la soledad y la tristeza.

El lector no encontrará aquí poemas de amor. Pero indudablemente es el amor el que mueve estos poemas: nos duele lo que amamos. Y a Saúl le duele la vida. Y cuando la vida es amputada, queda la poesía como única forma de consuelo.

Lo paradójico de todo esto (en últimas, la gran paradoja del arte) es que una obra, sea el resultado de un dolor profundo, de una indignación, y que por expresar eso, el poeta o artista sea aplaudido y reciba premios. Es lo que sucede cuando un dolor se lleva a los niveles más altos de belleza estética. Es por lo que Saúl se ha convertido en el vocero de la tribu.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

EMPRENDER EL VUELO

EMPRENDER  EL  VUELO

A la memoria de Hernando Cruz



El estruendo de tu caída
despertó a todos los ocupantes de ese hotel
en que decidiste ir más allá de los sueños.

En ese preciso momento
mientras tu cuerpo yacía sobre el asfalto
nuestros corazones palpitaban al unísono
entonando una melodía,
un extraño réquiem monocorde.

Ese insólito sonido
empezó a poblar la tierra de sur a norte
las aves migratorias perdieron su rumbo
un enorme trozo de hielo se desprendió del ártico
y ahora
en este preciso instante
vaga sin rumbo en busca de un Titanic.

Mientras tu alma se elevaba
y contemplaba ese frágil cuerpo adormilado
en nuestros sueños llegaba un gesto
una sonrisa que se fue tornado en carcajada
al ritmo frenético de nuestro corazón.

Se dice que en sueños
entramos en sintonía con tu espíritu
necio y alocado
nos convocabas a la despedida
a celebrar tu cumpleaños
más allá de las estrellas.

Hecho con pedazos de papel
tu rostro era un nuevo Cristo
otro Narciso que sucumbía al mundo
y se entregaba de lleno
al placer el escape.

¿Por qué no llamaste?
y pediste
entre tantas cosas
un abrazo y alguna palabra de afecto.
Acaso la ausencia de un cuerpo de mujer
joven y bello
fue la causa del arrebato de emprender el vuelo
o alguna enfermedad
un dolor que guardabas en silencio
te llevó a tierras donde no podemos
acompañarte ahora.

¿Qué hacías en ese lugar?
Acaso el recuerdo
la niñez brotó
y vino en busca de su pasado
tomó su lugar y se negó a irse
a habitar nuevamente las regiones del olvido.

Debíamos despertar con la noticia
y tú
cauto como siempre
no permitiste que las lágrimas se juntaran
porque sabías que serían tantas
que un nuevo diluvio cubriría la tierra
y extensas nubes grises
poblarían el planeta por días enteros.

El horror llegó cuando lo supimos
las canciones tristes que nos acompañaban
el pequeño dolor en el costado
el ritmo lento de nuestros corazones
eran el anuncio de tu partida.

En las calles
tu figura se tambalea alegre
tan dichosos éramos en tu compañía
que no guardaste nada para llevar en tu velero
en el que ahora esperas
en compañía de tantos otros
para seguir celebrando
el dolor de estar vivo.



Saúl Gómez Mantilla

miércoles, 8 de octubre de 2014

FÁBRICA DE HISTORIAS

FÁBRICA DE HISTORIAS

Por: María Lucía Herrera




¿Es el lenguaje escrito el medio exclusivo a través del cual expresamos nuestros pensamientos y contamos historias? Son numerosos los estudios que demuestran que, a través de las Artes Plásticas, la Música, la Danza, entre otras, cumplimos aquellos mismos fines, y sin embargo, siempre se cruza la palabra Literatura por nuestra mente cuando pensamos en el arte de expresar las ocurrencias de la vida. Hagamos la siguiente reflexión: si entendemos por ‘lenguaje’ el conjunto de signos que utilizamos para comunicarnos con los demás, debemos admitir también como ‘lenguaje’ códigos diferentes al alfabeto, tales como los colores, las texturas, las notas musicales, los movimientos. Son signos que al igual que las letras, los combinamos, modificamos y organizamos para formar composiciones de todo tipo: cuadros, imágenes, melodías, coreografías, atuendos, ensayos, cuentos; con éstas buscamos comunicar un mensaje que genere en los demás una respuesta, despierte un sentimiento, una inquietud, nuble por un segundo todo conocimiento que se creía tener. Así pues, ¿es tan diferente una composición escrita de una visual o de una auditiva? No. Y entonces… ¿puede una composición no verbal caber dentro de la definición de ‘cuento’, de ‘poesía’, de ‘ensayo’?
     Siguiendo el viejo dicho “una imagen vale más que mil palabras”, las Artes Visuales, al igual que la Música, logran un impacto directo en el subconsciente del público, moviendo sus sentimientos y pensamientos más ocultos, aun sin que éste pueda percibirlo o definirlo con claridad. A la hora de leer una obra literaria, lo primero que notamos no es la riqueza de su contenido ni la belleza de sus palabras, sino su composición, diseño gráfico: lo bello de su tipografía, el orden de sus párrafos, la armonía de los colores en sus páginas, la textura de la letra sobre el fondo; y tratándose de un texto impreso, los demás sentidos complementan el espectáculo visual, percibiendo el grosor del papel, el casi imperceptible relieve de las letras sobre el entramado de las delicadas fibras vegetales, y el sonido de una hoja cambiando de lado como una pluma perdiéndose en el viento al desprenderse del ala, y todo, en unas milésimas de segundo, suficientes para que el adormitado consciente no lo note, pero el subconsciente lo aprecie en todo su esplendor. De ahí parte el grado de interés con que abordaremos el paso siguiente, la lectura, que requiere un grado de concentración y comprensión racional mayor pues el proceso ocurre de forma inversa y es más lento: el mensaje debe pasar primero por el filtro individual del consciente para poder llegar a conmover al subconsciente.
     La lectura de la palabra, a pesar de ser un recorrido más largo y arduo, es el instrumento que los seres humanos hemos considerado mejor para comunicarnos. ¿Por qué? La respuesta está en su misma naturaleza, en su forma de transmitir el mensaje. Tanto en lo verbal como en lo escrito prima el filtro del consciente, presente en ambos extremos de la transmisión: el lector debe necesariamente hacer uso de su capacidad de razonamiento para llevar a cabo el proceso de lectura, y su autor debe hacer una construcción consciente del mismo. Al saber lo que queremos decir y tener idea de cómo: si hablamos, jugaremos a ser actores de teatro y haremos uso de nuestras expresiones faciales, como un bailarín profesional controlaremos cada uno de nuestros movimientos corporales, y a la par de un cantante de ópera modularemos el sonido de nuestra voz; si lo hacemos de forma escrita, como un arquitecto probaremos con la estructura interna y externa de nuestras frases, igual que un diseñador al planear una pasarela organizaremos las palabras, y como un Beethoven intercalaremos entonaciones-silencios-golpes-duraciones en comas, puntos, largo de palabras y frases, acentos y sinónimos. Así, la palabra es la herramienta de mayor manipulación, porque es la que mejor hemos aprendido a acomodar a nuestros fines a la hora de comunicarnos de forma asertiva.
     Las Artes Audio-Visuales, en cambio, están mucho más ligadas al subconsciente del autor y del receptor, la creación y lectura de la obra es un proceso mucho más visceral. Al igual que un escritor, el creativo sabe cuáles son las herramientas específicas a su disposición (colores, formas, líneas, figuras, ángulos, escala, acordes, tonos, timbres, duraciones), pero le es imposible apelar de lleno a la razón si es que su mensaje quiere ver plasmado. Tendemos a pensar que las Artes Audio-Visuales son inferiores a la que utiliza la palabra como cimiento para la comunicación, porque presentan a nuestro consciente, ávido de poder y de rapidez, un reto intolerable. Esto no significa que no sean un medio adecuado para la comunicación: sabemos que en la Edad Media, la forma de enseñar al pueblo era a través de las imágenes; al ser los altos nobles y los eclesiásticos los únicos en conocer la palabra escrita, debieron idear la forma de narrar la Historia Sagrada a los creyentes menos privilegiados.

     Tomemos como ejemplo específico: el mundo de la Moda. Vestimos de cierta manera debido a un motivo único para cada quien, incluso cuando desconocemos cuál es nuestro propio incentivo a la hora de escoger las prendas a portar. A través de ellas expresamos el entorno social en que habitamos, nuestro status social, inclinación política, preferencia sexual, ideología profesada, subcultura afín… Vestimos o no a la moda, con ciertos colores que nos caracterizan, ciertos materiales que preferimos, cierta silueta que sentimos más halagadora. En el armario encontramos las palabras, ese sinfín de prendas a nuestra disposición en todos los idiomas, acentos, tipografías. ¿Y nosotros? Armamos las frases que queremos portar ese día. Ingenuamente nos paramos ante el espejo y juzgamos desde nuestros sentidos, creyendo que hemos hecho una decisión racional, lógica, consciente.
     Los diseñadores, quienes se encargan de crear las palabras que portamos a diario, saben la realidad que se oculta tras el proceso aparentemente lúcido de la elección de toda prenda. A partir del alfabeto, el código de signos del lenguaje que es la Moda, ellos construyen un diccionario infinito para que los compradores en las tiendas escojan el vocabulario que mejor se ajusta al discurso que inconscientemente quieren exclamar. El alfabeto de un diseñador consta de colores, texturas, brillos, vuelos, talles, siluetas, formas, líneas: con acentos (un poco de brilló por aquí, un poco de mate por allá); en altas, bajas, itálicas y negritas (un cuello de reina de un metro de alto, un vestido blanco nada recargado, una falda asimétrica en chiffón plisado, el corpiño de un vestido en encaje recamado); se mezclan los caracteres para formar palabras tan largas que arrastran una cola de cuatro metros de longitud, y otras tan cortas que acogen en su interior, en una sola vuelta, el contorno de un dedo de la mano; algunas de sus palabras, reflejan las ideas más vistosas, extrañas y recargadas, otras, las hacen más sencillas, más cotidianas.
     No en vano, los creadores de Alta Moda, los escritores más afamados y exclusivos de la industria del traje, buscan siempre crear más que palabras: las frases enteras, si acaso un párrafo, por qué no un capítulo, quizás un cuento o tal vez una novela. Su misión no es vender la prenda, la palabra, sino vender la historia completa, el mensaje. Sus desfiles, verdaderas puestas en escena, buscan contar historias desde lo más sensible del espíritu humano, lo interior; que los sentidos físicos inunden el subconsciente de sentimientos, reacciones, ideas. No necesitamos fijarnos demasiado en lo técnico de sus colecciones para comprenderlas; los materiales, los colores, el styling, la música y el orden en que se nos presentan los atuendos, debemos estudiarlos como un todo, en una secuencia de principio-nudo-desenlace. No hay que mirar con el sentido de la vista del consciente sino ver con los ojos del subconsciente, del alma; la historia está ahí, es nuestra para leer:
     El siempre irreverente Alexander McQueen, que nunca falló en sorprender, marcó un hito muy importante para la historia de la moda con su No. 13. Nos lleva en un viaje de transformación, que comienza con una mujer muy masculina y que siempre viste en escala de gris, pero que poco a poco, al compás de una música que nos lleva a un trance en el que el tiempo se olvida, la mujer se va suavizando y se convierte ante nuestros ojos, incapaces de marcar el momento específico, en una bailarina, representada con prendas sueltas y colores pastel. En varias ocasiones nos hace creer que hemos llegado ya al final de la metamorfosis, que del cuerpo le han brotado alas alzando el vuelo en libertad, sólo para sorprendernos aún más con lo que sigue. Luego de la mujer hecha flor, nos sumerge en una atmósfera a media luz; las modelos giran sobre plataformas con los más elegantes trajes de la colección, hechos totalmente en transparencias y recamados de piedras preciosas, cual maniquíes dispuestos en una vitrina para ser devorados por los ojos insaciables del público; la mariposa ha sido capturada.

     Al finalizar el desfile, la luz se apaga y cuando se enciende, ilumina el recinto del más profundo azul. McQueen nos presenta la cumbre de su genio creativo que aún después de tantas décadas es, y por muchas décadas más será, uno de los grandes momentos de la Moda. Girando sobre la plataforma central se aprecia la última modelo. No está quieta, se mueve con cuidado, como si temiera que sus pequeños y delicados movimientos pudieran despertar la furia de su captor, dos enormes máquinas de tez color durazno y alma negra que la rodean y apuntan directo al único vestido blanco de la hora que llevamos presenciando esta narración. La silueta nos recuerda el tutú de una bailarina, capas y capas de tul francés yacen bajo la falda. El peinado y los accesorios, minimalistas y clásicos, nos remontan al ideal de refinamiento femenino de principios del siglo XX. Aparece ante nosotros una flor, una mariposa, la feminidad pura amenazada por la rudeza de la sociedad moderna. La acompaña una suave melodía que acelerando su tempo y subiendo el volumen, va al ritmo de nuestros corazones a medida que las máquinas se mueven y se acercan. La flor, la mariposa en el cristal, completamente indefensa ante la inminente invasión, gira cada vez más rápido en su desesperación. Las máquinas disparan. La modelo se protege en vano, en su cara vemos dolor y sufrimiento; a medida que se siente más manchada de oscuridad, codicia y envidia, cambia su expresión a una especie de estado hipnótico que la envuelve en éxtasis. Todo termina tan rápido como empezó. El estado de pureza, ¿espiritual quizás?, que había alcanzado, desaparece; se ha cerrado el círculo y la mujer que alguna vez se liberó de sus cadenas, yace destruida por la sociedad, ha sido remplazada por otra… una que identificamos a diario.

     El acto de narrar es de naturaleza humana. Desde los tiempos más remotos, nacemos con la necesidad espiritual de comunicar nuestros pensamientos, sentimientos, deseos y miedos. Todo tipo de sonidos, letras, figuras y gestos, hacen parte de nuestro alfabeto diario y a pesar que los hemos creado en milenios de experiencia, tendemos a creer que la palabra es la única de esas herramientas que sirve para tal fin; en realidad, sonidos, imágenes y palabras están siempre unidos en nuestra vida diaria. Existen mil maneras de contar una historia, la Moda es una de ellas. A través de sus propios códigos de lenguaje, puede contarla de forma tan cotidiana como fantástica, poética, didáctica, épica, corta o larga, en la ciudad o en el campo, en cualquier época o universo paralelo, de terror, de amor, de dolor. En cuanto seamos conscientes de esto (que toda producción artística es un lenguaje), aprenderemos a entender las historias que son contadas a diario a través de códigos diferentes a la palabra, y a narrar nuestras propias historias. 

lunes, 8 de septiembre de 2014

TRES VOCES DE LA POESIA MODERNA

TRES VOCES DE LA POESÍA MODERNA
Rainer Maria Rilke (Elegías del Duino), Thomas Stearn Eliot (La tierra baldía)

y Paul Celan (Amapola y memoria)

 Por: Saúl Gómez Mantilla


Uno de los rasgos principales de la poesía moderna es su oscuridad, la sensación de extrañeza del lector al encontrarse con poemas que tienen poca relación entre su forma y su contenido. Pero es a la vez esta extrañeza, la que hace que los lectores regresen constantemente a los poemas. Lo que se denomina poesía moderna, y que tiene su origen en Charles Baudelaire, tiene sus rasgos de continuidad; algunos aspectos característicos de ésta poesía han pasado de una tradición a otra, han sido retomados y ampliados por otros poetas, tomando los elementos que necesitan para desarrollar su obra, dependiendo del momento histórico en que se encuentren. Aunque para Marcel Raymond, los inicios de la poesía moderna pueden rastrearse desde algunas posturas de poetas románticos franceses, alemanes e ingleses. Según Raymond buscar los orígenes de la poesía actual nos puede remitir al pre-romanticismo europeo y más exactamente a poetas como Novalis, Blake, Shelley, entre otros[1].

La poesía moderna no está escrita para ser memorizada, ni recitada, ya que se presenta cierta dificultad para seguir el contenido de un poema, ya no se narran historias, ni se relatan aventuras, tampoco se centran en el yo del poeta. La poesía actual deslumbra por su belleza, por la musicalidad de las palabras aunque no se tenga certeza de lo que el poema dice.  Hugo Friederich en su libro La estructura de la lírica moderna define la ininteligibilidad del poema como disonancia, y agrega que esta disonancia se presenta en otros aspectos del poema como en: “ciertos rasgos de origen arcaico, místico y ocultista (que) se dan en contraste con un agudo intelectualismo, ciertas formas muy sencillas de expresión concurren con la complicación de lo expresado”[2]. Esta extrañeza no se presenta porque el poema moderno no hable de cosas cercanas y cotidianas, lo que hace es deformarlas y expresarlas de un modo extraño, otras veces lo que sucede es que dada la cercanía  y el detalle con que las aborda, las cosas parecieran deformadas y expresadas de forma extraña.

Tres representantes de esta poesía son: Rainer Maria Rilke, Thomas Stearn Eliot  y  Paul Celan. Tres poetas europeos[3] del siglo veinte, herederos de la tradición iniciada por Baudelaire y continuada por Mallárme y Valéry.  Si bien tienen rasgos en común, como el de evitar la familiaridad comunicativa del poema, también hay en ellos rasgos que los distinguen entre sí, como el tratar o no temas históricos o evitar la presencia en el poema de un yo poético que se relaciona con el poeta. Para tratar de mostrar estos aspectos se tomará un tema común en la poesía, como es la muerte, pero tratado con las formas y las preocupaciones de los poetas modernos. 



Al acercarnos a las Elegías de Duino de Rilke, el desconcierto es considerable, ya que las elegías nos llevan al mundo frenético dentro del poeta, del mismo modo que fueron compuestos los poemas, como si el poeta fuese poseído, así se acerca el lector a estos poemas. Las elegías le llegaron a Rilke en desbandada, como dictadas, según afirmaciones del propio Rilke, le había sido dado, y diez años después las termina con la misma fuerza con que iniciaron. Las Elegías de Duino cuentan con un rasgo fundamental de la lírica moderna y es interrogar en el poema sobre la poesía, hacer de la poesía su propia materia, que el poema interrogue sobre sí mismo, lo que se acerca a lo que Valéry llamó poesía pura, que es aquella despojada de todo sentido anecdótico, político, independiente del sujeto que la escribe.  Las Elegías de Duino son toda una construcción, un trabajo con el lenguaje, el poema es considerado como una cosa, como un artificio del lenguaje.  Tal vez por ello su oscuridad y el desconcierto del lector al leerlo.  La muerte en las elegías está directamente ligada con la vida, por eso: “Florecer y marchitar es algo que simultáneamente conocemos”[4], ya que los ángeles ―protagonistas de los poemas―­ no distinguen entre el reino de los muertos y el de los vivos. Los ángeles son terribles por su belleza y es tal que: “suponiendo que un ángel me tomase contra su corazón: me extinguiría ante su existencia más fuerte”[5]. La muerte en Rilke es lírica, es presentada de una forma bella, aunque: “el estar muerto es penoso y está lleno de recuperación, para que gradualmente se sienta un poco de eternidad”[6], porque para el narrador albergar la muerte de una manera dulce es un hecho indescriptible.

Para Eliot, en su libro La tierra baldía, y más específicamente en su poema El entierro de los muertos, la muerte hace parte de la tierra, porque ésta se encuentra estéril, el poema inicia:
  Abril es el mes más cruel, criando / lilas de la tierra muerta, mezclando / memoria y deseo, removiendo / turbias raíces con la lluvia de primavera”[7].  La muerte se extiende a la naturaleza y es la desolación la que se le presenta al hombre el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela / y de la piedra seca no mana agua[8].  Además la muerte aparece implícita en otros fragmentos del poema, como en las cartas de Mademe Sosostris, y se presenta a lo largo del libro, como en el poema Muerte por Agua. La muerte llega a otros espacios, como la ciudad, sus ríos, una multitud fluía por el puente de Londres, tantos, / que no creí que ha tantos arrebatase la muerte[9]. El poema termina con una imagen desconcertante, rasgo característico de esta poesía que buscar desdoblar la realidad: “Ese cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín, / ¿ha empezado a retoñar? ¿Florecerá este año?”[10].  Eliot hace referencias directas a lugares reales y personajes de la literatura, los toma para dar mayor fragmentación al poema, para que las voces que atraviesan el poema se mezclen sin que estos pierdan unidad, ya que el hecho de que se penetren unos con otros evita que se disperse el poema.

Por su parte Paul Celan, se acerca a la muerte como un hecho vivencial, en palabras de Gutiérrez Girardot, “su poesía está sostenida por su sufrimiento de tal modo que cabe decir que en él vida y poesía constituyen una unidad absoluta”[11]. Esta unión de vida y poesía no se da como pretendían los surrealistas al intentar hacer de la vida un hecho poético, sino que Celan por sus historia personal y por los hechos históricos que vivió, trata de sacar sus demonios por medio de la palabra:  “Quizá lo nuevo en los poemas que hoy se escriben es precisamente esto: ¿aquí se intenta de la manera más clara mantener tales datos en la memoria?[12]. La muerte en Paul Celan hace referencia a hechos reales, como en el poema Álamo temblón, que hace habla de la muerte de su madre o en Fuga de la muerte, en el que la muerte es el motivo que atraviesa el poema: cavamos una fosa en los aires no se yace allí estrecho... la muerte es un Maestro Alemán su ojo es azul / él te alcanza con bala de plomo su blanco eres tú[13].  Celan trata de hacer memoria a través de sus poemas, aspecto que lo distingue de Rilke y de Eliot, ya que para ellos la poesía no intenta comunicar hechos determinados, se alejan directamente de su aspecto comunicativo, esto no quiere decir que Celan trate de educar o de mostrar determinados hechos en su especificidad, Celan toma los hechos y los expresa poéticamente, hace memoria del sufrimiento de su pueblo, de toda la tragedia que significo el holocausto, pero no tratando de denunciarlo, toma esos hechos y los poetiza y tal vez por su cercanía es que ellos se nos presentan oscuros. 



Según Friedrich, la crítica clásica le atribuye a la poesía moderna valores negativos, pero que no fueron utilizados despectivamente, tales como: “desorientación, disolución de lo corriente, sacrificio del orden, incoherencia, fragmentarismo, reversibilidad, estilo en series, poesía despoetizada...”[14], algunas de estas características se aprecian fácilmente en Rilke, Eliot y Celan, como el fragmentarismo, la incoherencia o la poesía despoetizada; si miramos a estos autores con los ojos de la poesía anterior, nos resultaría su obra completamente extraña y ajena a nosotros. Pero lo importante de ella es que responde a las búsquedas y a las intenciones de toda una época. Además de exigirle al lector el conocimiento de su tradición literaria y de su historia. Para acercarse a un poema moderno, se necesita ser un lector avezado e inquieto, tener el conocimiento para enfrentarse a las formas de la poesía moderna. A este aspecto específicamente se refiere Gutiérrez Girardot al pensar en el lector de la obra de Paul Celan: “el lector de la poesía de Celan no ha de ser un lector ajeno a la historia, interesado solo en los procedimientos, en los tropos y metáforas, en poesías para estetólogos y anglolinguistas, sino que ha de poder percibir que todo poema tiene inscrito su ‘20 de enero[15]’.

Otro rasgo moderno es la aparición de la literatura dentro de la literatura, es un aspecto que se presenta en estos tres poetas, principalmente de la Biblia y de la literatura clásica, como elementos que ayudan a la unidad del poema. En Rilke hacen parte de las Elegías del Duino algunas leyendas de la Iliada y personajes bíblicos como Sansón. Caso similar ocurre en La tierra baldía de Eliot, pero manejados de una forma distinta, ya que en Rilke, estos personajes no tienen voz, simplemente se narran sus acciones para articular ciertos pasajes del poema. En Eliot están presentes las voces de Tiresias, Filomena y su hermana Progne convertidas en aves,  Phlebas el fenicio, entre otros, que se mezclan entre sí, para crear un alejamiento entre el yo del poeta y el poema mismo. Eliot toma estas situaciones para expresar ciertos sentimientos sin nombrarlos, a través de lo que él llamo el correlativo objetivo.  Por su parte Celan es más íntimo en el uso de esos personajes, porque lo hace para reflejar la tragedia, de esta forma son nombrados Jasón, Margarete, o Sulamit. También Celan nombra a seres reales, como el caso de su madre, esto lo hace para hacer memoria, ya que la madre del poeta aparece en muchos de sus poemas: estrella redonda, tú enroscas la cola dorada. / el corazón de mi madre fue herido con plomo[16], o El alma de tu madre ayuda a capear la noche, escollo a escollo.

El uso de la literatura dentro de la literatura, de las voces, la forma en que son presentados los temas, la anormalidad sintáctica y la fragmentación hacen que estos poemas se vean como un trabajo estético, más que como una expresión del yo del poeta.  Aunque reflejen una profunda angustia han pasado por el filtro del trabajo sobre el lenguaje. Los poetas modernos, en palabras de Friederich, tienen como propósito manifiesto: “no escribir para la eternidad, sino a lo sumo para un futuro desconocido, frente al cual su obra sólo pretende ser un experimento momentáneo, aunque para parecer futuro rompa con el pasado, incluso el más reciente”[17].


Notas

[1] Raymond Marcel, De Baudelaire al surrealismo. Fondo de cultura económica. México. 2002. pg. 9-10.
[2] Friedrich Hugo, La estructura de la lírica moderna. Seix Barral. Barcelona. 1974. Pg. 22.
[3] Al respecto, T. S. Eliot, a pesar de ser norteamericano se inscribe en la tradición europea y se afirma en ella.
[4] Rilke, Rainer Maria.  Elegías de Duino, Sonetos a Orfeo.  Torres Agüero Editor. Buenos Aires. Pg. 47.
[5] Ibid. Pg. 31.
[6] Ibid. Pg. 51.
[7] Eliot. T. S. Antología poética.  Editorial Tiempo Presente. Bogotá. 1988. Pg.  58.
[8] Ibid. Pg. 58.
[9] Ibid. Pg. 60.
[10] Ibid. Pg. 62.
[11] Gutiérrez Girardot, Rafael.  Entre la ilustración y el expresionismo.  Fondo de cultura económica.  Colombia. 2004. Pg. 220.
[12] Ibid. Pg. 226.
[13] Celan Paul.  Obras completas. Editorial Trotta. Madrid. 1999. Pg. 63.
[14] Op. Cit. Friederich Hugo. Pg. 30.
[15] Op. Cit. Gutiérrez Girardot. Pg. 225.  La referencia que hace Celan a un 20 de enero quiere decir que todo poema tienen una referencia histórica determinada. Según Gutiérrez Girardot, Celan se refiere primero a una narración de Georg Büchner que comienza “El 20 de enero Lenz caminaba por la sierra” y la otra referencia es al 20 de enero de 1942, cuando se dio la llamada “Reunión de Wannsee”.
[16] Op. Cit. Celan Paul. Pg. 51.
[17] Op. Cit. Friederich Hugo. Pg. 185.